Aun en medio de la abundancia, la vida de una persona no está asegurada por sus riquezas.


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Lucas relata la parábola de Jesús contra la avaricia y la inutilidad de atesorar para prolongar la existencia: Un rico que vive amontonando riquezas pensando disfrutar largos años de buena vida con ellas, “Descansa, come, bebe y diviértete”. Pero la muerte le sobrevino, y no pudo disfrutarlas. Dios lo despierta de su estupidez haciéndole entender que no era él el dueño de su vida, y que, de un momento a otro, estaba llamado a entregarla. Su buena cosecha y sus graneros, todo se le escapó de las manos y lo tuvo que dejar a otros; nada se llevó consigo. Se le llama “insensato” que en el AT se aplica al que rechaza a Dios (Sal 14); aquí, absorbido por la seguridad que le dan las riquezas, lo rechazó de forma práctica fiándose de sus propios bienes, en vez de confiar en el Padre.

domingo 18 6Cree que su felicidad está en lo que tiene, pensando que así asegura el futuro en sus manos. No queriendo depender de Dios para su seguridad, se olvida de Él, y busca apoyarse en sí mismo y lo que acumula: dinero, conocimientos, bienestar, ideas, amistades, poder, cariño e incluso virtudes o prácticas religiosas. Es el reverso del núcleo del mensaje de Jesús de que somos hijos de Dios, nuestro Padre, que nos cuida y que, haciéndonos como niños, confiemos y nos dejemos cuidar por Él que sabe lo que necesitamos: “Aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes”. El que busca afianzarse en sí mismo en lugar de recibirlo todo como don es necio, y antes o después acabará percibiendo que todo es vaciedad sin sentido.

La primera lectura ofrece una serie de reflexiones realistas a este respecto: “Vaciedad sindomingo 18 13 sentido, todo es vaciedad”, cansancio y sin sentido, asco y dolor. La vida humana no puede tener  como meta enriquecerse y go­zar sin límites de los bienes acumulados; entenderla así, a la larga lleva a sentir limitación y engaño: ¿Qué saca el hombre de todo su trabajo y de los afanes con que trabaja bajo el sol?”. Si lo limi­tamos todo a este mundo el pesimismo y el sin sentido es la consecuencia lógica, y la vida se convierte en un intento inútil por conseguir la felicidad. Trabajo, afán, y cuando parece que ya hemos conseguido algo, surgen otras necesidades, y volver a empezar nuestro esfuerzo. Quien trabajó con sudores, cuando llega la hora de la muerte, tiene que dejar el fruto de sus trabajos a sus herederos, sin que pueda llevarse nada de cuanto con sus afanes logró acumular.

domingo 18 8La constatación de la vanidad de las cosas del mundo y la vaciedad de la vida humana y su incapacidad para llenar las ansias de felicidad, nos obliga a mirar en otra direc­ción, porque no puede ser que todo acabe aquí ¿Qué hay detrás de todo esto? La segunda lectura apunta una res­puesta: los afanes humanos, aun privados de éxito material tienen sentido buscando las cosas de arriba donde se consuma nuestra vida, no aquí. Allí están nuestros bienes, deseos y aspi­raciones; somos trascendentes y nuestro destino está en Dios, en Cristo. Por eso, nuestra vida aquí debe transformarse re­flejando la esperanza de los bienes de los que ya somos partícipes, pues por el bautismo hemos muerto con Cristo a la vida vieja, y resucitado a una nueva que ha de orientar nuestro comportamiento en una existencia humana que “se va renovando como imagen de su Creador”. En efecto, hay en nosotros una serie de tendencias e inclinacio­nes que no se ajustan a nuestra vocación celeste y nos esclavizan. Pablo enumera las más frecuentes, entre ellas la codicia y avaricia, que son una idolatría. Es necesaria una renovación progresiva que se realiza bajo la acción del Espíritu.

domingo 18 5Jesús apro­vecha la ocasión para hablar del peligro que ofrecen las riquezas, que además de no garantizar por sí mismas la vida humana, no son en modo alguno el sen­tido de la vida. La codi­cia termina destruyéndola, tanto a nivel perso­nal, como familiar y social. Es un desorden serio que lleva consigo un sin fin de maldades: injusticia, crueldad, deslealtad, envidia, divisiones, insolidaridad, sobornos… El codicioso no desaprovecha medio ni ocasión para alcanzar su meta; es insaciable buscando poder y riqueza; orgulloso, em­pobrece y maltrata al pobre; no sabe amar, no sabe comprender al que sufre, es duro, cruel y envidioso. El codicioso tiene un corazón duro; en realidad ha perdido el corazón, y trastorna la vida y su sentido, haciendo del poder y la riqueza su único fin. Es el hombre materializado que ha matado su espíritu.

domingo 18 9Olvida que las ri­quezas son co­sas, y las cosas son bienes para nosotros en cuanto nos ha­cen mejo­res si con ellas expresamos el amor fraterno y nos asemejamos a Cristo. Así, por nuestras manos, los bienes llegan a su des­tino, al hermano ne­cesitado. Es la propuesta evangélica al interrogante de la primera lectura: “¿Qué saca el hombre de todo su trabajo?”. Saca poder expresar el amor al hermano. Sólo así seremos ricos en Dios, realizados plenamente, actuando la justicia que hermana y salva. Acumular bienes para enriquecerse en vistas a un interés sólo personal es una insensatez,  pues sólo dando es como nos enriquecemos del amor de Dios y de su Vida: “Esto es lo que sucede al que acumula riquezas para sí, y no es rico a los ojos de Dios”. Un codi­cioso no puede ser cristiano, ni un cristiano puede ser esclavo de la codicia, pues olvida el fin principal del hombre: el Reino de Dios y su justicia. El cristiano es mucho más libre e inde­pendiente.

4

Unas preguntas para profundizar más en esta palabra de Vida:

¿Qué querrá decirte Dios con este texto en este momento concreto de tu vida? ¿Cuáles son las palabras, frases o actitudes que atraen tu atención y tu interés? ¿Qué sentimientos despierta en ti?

¿Vives con amor y alegría la manera de ser y de actuar de Jesús? ¿Es su propuesta de amor el sentido y el motivo de tu vida? ¿Entiendes que el Señor es el que decide y el siervo obedece y se deja conducir? ¿Sabes que seguir a Jesús significa dejarse conducir por él, arriesgar y hasta perderse?

¿Qué significa para ti decir que amas a Dios sobre todas las cosas? ¿Qué supone para tidomingo 18 20 confiar sólo en Dios? ¿Sabes poner tu vida en sus manos? ¿Qué te exige hacerlo? ¿Cómo te explicas que en esta total entrega está la fuerza para vivir? ¿Tienes miedo a perderte y exiges seguridades?

¿Entiendes que el materialismo y el afán de lucro y de placeres amenaza la esperanza cristiana? ¿Descubres en ti esa actitud codiciosa y materialista? ¿Se puede ser cristiano cuando no cuentan la fe, la esperanza y la cari­dad? ¿Qué queda del hermano cuando el otro es un objeto de lucro y explotación? ¿Sabes que no hace falta ser rico para llevar la codicia en el corazón?

¿Eres consciente de cómo el materialismo y la sociedad de consumo son las causas de tantas injusticias? ¿No te preocupas demasiado de los bienes de aquí, como si lo fueran todo? ¿Qué postura guardas con ellos? ¿Codicias? ¿Deseas tan sólo disfrutar? ¿Atiendes a los demás? ¿Cómo? ¿Cuándo?

3

Y unos propósitos (aunque la clave no está en muchos propósitos sino en no cansarse de amar. La propuesta es sencilla: Debe haber un cambio continuo en mi vida, pues si no cambio, entonces, no soy un verdadero cristiano):

Ser conscientes de que Jesús, al decirnos que no es el acumular lo que nos da vida y nos garantiza la felicidad, nos muestra la manera de encontrarla, haciéndonos ver aquello que de verdad llena y hace que encontremos el sentido de lo que somos y hacemos.

domingo 18 10Asumir que el discípulo, como Jesús, no quiere entrar en controversias, lo que le interesa es denunciar las injusticias de la avaricia y de todo lo que pueda impedir el cumplimiento de su misión de anunciar el Reino.

Entender que la avaricia, depositar la confianza absoluta en las cosas mundanas, es arrogancia, vanidad  y soberbia, lo que hace que el vanidoso crea que no necesita de Dios.

Descubrir que hay una codicia oculta que se manifiesta en exagerar el instinto de economía y ahorro, cuando en realidad sobrepasa la precaución y la prudencia. Esta exageración puede ser considerada como una virtud en razón de la austeridad del avaro y de su precaución ante el porvenir. En realidad, el avaro se encierra en sí mismo, se olvida de los demás y se obsesiona e impone una austeridad que va incluso en contra de sus necesidades vitales.

domingo 18 3Nuestro comporta­miento ha de transparentar nuestra vocación trascendente. De lo contrario sería como haber renunciado a ella y seríamos unos insensatos más. Nosotros queremos ser otra cosa, una nueva civilización que promueva el arre­glo de tantos males e injusticias sociales. En nuestras manos está crear un mundo nuevo.

Debemos descubrir hasta qué punto somos esclavos del materialismo cir­cundante y de la sociedad de consumo. Para ello, hacer una lista de lo que considero imprescindible en la vida, y podré darme cuenta de quién es mi Señor. Desde ahí, re­hacer una actitud cristiana.

Pidámosle al Señor que nos dé la capacidad de vivir de tal manera nuestra vida, que eso nos haga ricos ante Dios, aprendiendo a dar como Él nos da, y sabiendo esperar en los bienes que un día se nos darán:

Padre mío, me abandono a Ti.
Haz de mí lo que quieras.

Lo que hagas de mí te lo agradezco,
estoy dispuesto a todo,
lo acepto todo.
Con tal que Tu voluntad se haga en mí
y en todas tus criaturas,
no deseo nada más, Dios mío.

Pongo mi vida en Tus manos.
Te la doy, Dios mío,
con todo el amor de mi corazón,
porque te amo,
y porque para mí amarte es darme,
entregarme en Tus manos sin medida,
con infinita confianza,
porque Tú eres mi Padre.

(Oración del abandono de Charles de Foucauld)

Para ir a las lecturas pincha en la imagen.

domingo 18 2

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