Trinidad, misterio de amor y cercanía de un Dios comunidad.

43Celebramos la fiesta de la Santísima Trinidad, pero con la impresión de estar ante algo muy lejano de nuestra realidad cotidiana y que no nos afecta, lo que nos hace renunciar a acercarnos y conocerlo. Por el contrario, este misterio de Dios es algo cercano y presente en el fondo de cada uno de nosotros pues vivimos sumergidos en la Trinidad como peces en el agua: En ella «vivimos, nos movemos y somos» (Pablo en Atenas, Hechos 17,28). Es lo mejor que hay dentro de nosotros. “Oh, pues, alma hermosísima, que tanto deseas saber el lugar donde está tu Amado para buscarle y mirarte con él, ya se te dice que tú misma eres el aposento donde él mora y el lugar y escondrijo donde está escondido; que es cosa de gran contentamiento y alegría para ti ver que todo tu bien y esperanza está tan cerca de ti que esté en ti o, por mejor decir, tú no puedes estar sin él (San Juan de la Cruz, Cántico espiritual 1, 7).

28 0Pablo nos ofrece una imagen familiar para descubrir el vínculo, que nos une a la Trinidad: “Habéis recibido, no un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino un espíritu de hijos adoptivos, que nos hace gritar: ¡Abbá!, Padre” (Rm 8, 15). La adopción  es una realidad que en el ámbito humano conocemos bien, y desde ella podemos acceder por analogía a otra adopción más profunda: la adopción divina, nuestro nuevo estado de hijos y herederos que elimina todos los temores; no solo el temor de los judíos ante la retribución de un juez, o del pánico de los paganos ante las fatalidades y determinismos vitales, pues la condición de hijo permite vencer todos los miedos y rechazar las falsas seguridades en doctrinas, instituciones, poderes y jerarquías. El miedo al otro también desaparece por la presencia del Espíritu que libera de la autosuficiencia, e inspira el amor a los hermanos y hace capaz de triunfar sobre el propio miedo cuando están en juego la vida y la libertad de otro.

La adopción puede ser una experiencia que provoca sufrimiento porque los adoptados34 0 acarrean traumas de la situación de la que provienen, que se pueden manifestar en rebelión y una aparente ingratitud. Ante esto, los padres adoptivos suelen mostrar una comprensión y una paciencia casi sobrehumanas, y un amor que es quizás el que nos recuerda más de cerca en la tierra el amor de Dios: un amor gratuito y generoso, que «todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta» (1 Cor 13,7). Ahora son sus hijos, llevan su nombre, y si es necesario, se cubrirán de la misma vergüenza, pero no renegarán de ellos. De ellos se puede entender lo que según la Teología Dios Padre hace por nosotros. Nosotros llegamos hasta reprocharle habernos puesto en el mundo, y él continúa con inmensa paciencia llamándonos hijos y haciéndose cargo de nosotros.

Pablo nos dice dónde se funda nuestra adopción divina: «Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer… para que recibiéramos la condición de hijos» (Ga 4, 4-5). Se basa en el hecho de que el Hijo de Dios, haciéndose hombre, nos ha tomado como hermanos, nos ha unido a sí mismo como miembros a la cabeza, haciendo de nosotros una sola familia. En cierto sentido, las cosas se han desarrollado en orden inverso respecto a la adopción humana, en la que son los padres los que adoptan y, si tienen hijos naturales, los ayudan a acoger al hermano que se les añade desde fuera de la familia. Al contrario, ha sido el hermano mayor, Jesús, quien nos adopta y por el que «tenemos libre acceso al Padre» (Ef 2,18). Hemos llegado a ser antes hermanos y después hijos, aunque ambas cosas acontecen simultáneamente.

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El pueblo de Israel había entendido que era el primogénito de Dios, y sus hijos, hijos de Dios en cuanto miembros del pueblo (Ex 4,22-23; Is 1,2); sin embargo, San Pablo explica ahora que la relación del hombre con Dios ha sido restablecida de modo nuevo e insospechado merced al Espíritu de Jesucristo, el único y verdadero Hijo de Dios. Gracias al Espíritu, el cristiano puede participar en la vida de Cristo, Hijo de Dios por naturaleza. Esta participación viene a ser entonces una «adopción filial» (v. 15) y por eso puede llamar individualmente a Dios: «¡Abbá, Padre!», como lo hacía Jesús. Gracias a la adopción como hijos hemos llegado a ser «familiares de Dios», obteniendo una participación en los bienes de la familia del Padre, y no una familia pasajera, sino aquélla en la cual estamos destinados a vivir para siempre y ser felices, estamos en buena compañía: «Así pues, ya no sois extraños ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios» (Ef 2, 19).

32Pero hay una gran diferencia entre la adopción humana y la adopción por parte de Dios. La humana, aparte del amor que haya por medio, es un hecho jurídico: el hijo adoptivo asume el apellido, la ciudadanía, la residencia de quienes lo adoptan, pero no comparte su sangre. Con Dios no es así, pues no sólo nos transmite el nombre de hijos, sino también, corre por nosotros su vida íntima, su Espíritu: “No sólo para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!”(1 Jn 3,1). Más aún, la adopción divina crea un vínculo más fuerte que la misma generación de hijos naturales, que aunque poseen la misma sangre de los padres, una vez nacidos, pueden y deben vivir separados del padre y de la madre, para vivir por cuenta propia. No es así en el plano espiritual, donde no sólo no debemos separarnos de él para vivir, sino que dejamos de vivir y morimos si nos separamos de él: “lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí” (Jn 15, 4).

Junto a la condición de filiación está la de heredero, que no debe comprenderse aquí en36 0 el sentido moderno del que dispone de los bienes del padre, después de su muerte, sino en el sentido hebreo de “tomar posesión” (Is 60, 21; 61, 7; Mt 19, 29; 1 Cor 6, 9): al ser hijo, se adquiere, de ahora en adelante, la herencia, pero no como condición meritoria personal, sólo en cuanto unidos al Hijo, el único que goza de todos los bienes divinos. El hijo adoptivo llega a ser Trinidad, automáticamente heredero, junto con el Hijo. Un hecho sorprendente para la lógica humana. No ha hecho nada, no ha nacido de ellos y lo hereda todo; todo lo que los padres han acumulado juntos en la vida va para él, y así es también para nosotros: “Si somos hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo” (Rm 8,17).

19La filiación divina llena toda nuestra vida espiritual, porque nos enseña a tratar, a conocer, a amar a nuestro Padre del Cielo, y así colma de esperanza nuestra lucha interior, y nos da la sencillez confiada de los hijos pequeños. Más aún: precisamente porque somos hijos de Dios, esa realidad nos lleva también a contemplar con amor y con admiración todas las cosas que han salido de las manos de Dios Padre Creador. Y de este modo somos contemplativos en medio del mundo, amando al mundo.

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Unas preguntas para profundizar más en esta palabra de Vida:

¿Qué querrá decirte Dios con este texto en este momento concreto de tu vida? ¿Cuáles son las palabras, frases o actitudes que atraen tu atención y tu interés? ¿Qué sentimientos despierta en ti?

7¿Cómo es tu imagen de Dios, quién es Dios para ti? ¿Crees simplemente en Dios, pero no conoces su amor y misericordia y que te habita por dentro? ¿Crees en un dios supremo, solitario y lejano o en el Dios de Jesús, que es comunión y amor, y que te ama y ante todo desea tu felicidad?

¿Puedes decir sinceramente que buscas a Dios? ¿Cómo puedes profundizar y crecer en el verdadero conocimiento de Dios? ¿Estás abierto a progresar en el conocimiento de Dios? ¿De qué imágenes de Dios tienes que desprenderte porque te alejan del Dios de Jesús?

¿Experimentas en tu vida la presencia del Dios vivo? ¿Tu conocimiento de Dios está basado en una teoría o en una relación personal y viva con Él? ¿Has olvidado que Dios es tu Padre infinitamente misericordioso?

¿Qué significa para ti celebrar la fiesta de la Trinidad? ¿En qué piensas cuando la 2nombras? ¿Cómo la vives? ¿Es sólo una doctrina abstracta y aprendida, o tiene un mensaje más profundo para tu vida y te ayuda a comprender mejor la realidad de Dios? ¿Cómo puedes expresar tu fe en el Dios trinitario? ¿Te ayuda a relacionarte con Él en la oración? ¿Das gracias a Dios por la realidad de amor que la Trinidad es para ti?

¿Qué tipo de sociedad y de Iglesia te invita a construir la fe en la Trinidad? ¿Qué influjo tiene en tu vida? ¿Te esfuerzas por ser imagen de la Trinidad? ¿A qué te compromete este misterio? ¿Te sirve para crecer como persona, para construir familia, comunidad y sociedad? ¿Dónde descubres las mejores imágenes de la Trinidad y dónde las contraimágenes? ¿Estás aportando tu creatividad para que la Iglesia responda a los problemas de la sociedad de hoy?

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… y unos propósitos (aunque la clave no está en muchos proyectos, sino en no cansarse de amar). La propuesta es sencilla: experimentar que la fe es fuente de vida y que debe haber un cambio continuo de vida, pues si no hay cambio, entonces, no hay verdadera vida cristiana.

49Convencernos de que Dios está junto a nosotros de continuo. A menudo vivimos como si el Señor estuviera allá lejos, entre  las nubes, y no consideramos que está siempre a nuestro lado. Y lo está como un Padre amoroso con cada uno de nosotros, ayudándonos, inspirándonos, bendiciéndonos, llenando de Vida nuestras vidas, y perdonándonos.

Entender que en el bautismo el Espíritu nos une a Cristo, el Hijo, y éste al Padre; y así, participando de la vida de Dios por ser sus hijos.

Conocer cada vez mejor el mensaje de Jesús en el que nos detalla cómo vive un hijo de Dios, y recordando siempre que el Espíritu, nos capacita para vivirlo.

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Para ir a las lecturas pincha en la imagen.

 

 

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