El cristiano es un llamado, formado y enviado por Dios para anunciar la Buena Noticia y construir su Reino.

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En este Domingo XV del Tiempo Ordinario, la liturgia nos conduce por textos que describen muy bien la llamada, formación y envío de los misionados por Dios para hablar en su nombre; y a eso lo llamamos “vocación”. La primera observación a tener en cuenta es que en toda la historia de la salvación, desde Abraham hasta la Iglesia en nuestros días es Dios, Jesús en el Nuevo Testamento, quien llama, convoca a hombres y mujeres para  invitarlos a la misión de anunciar su Palabra. Y lo hacen dando ciertas pautas que deberían cumplir, para que la misión sea provechosa, y para que sean verdaderos apóstoles. Jesús propone que deben ir despojados de elementos y costumbres que no representan la Buena Nueva a la que están llamados a predicar con sus palabras y con su vida. Las condiciones para recorrer el mismo camino de Jesús son pocas pero fundamentales, éste es un camino estrecho, que exige sacrificio y una entrega total. De todos modos, es importante ver que la misión nace por un mandato de Dios y después de haber aprendido de Él el modo cómo han de realizarla y los temas a presentar.

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La primera lectura narra la situación en Israel: la relativa libertad de sus habitantes los habían ensoberbecido. Prosperidad, riquezas, lujo, alegría, alianzas con otros pueblos; culto espléndido en los santuarios. Todo parecía en orden, pero era una ilusión superficial. El rico oprimía al pobre; el poderoso al humilde; el adine­rado se enriquecía con extorsiones; medidas injustas, usuras despiadadas. Suntuosas casas, lechos de marfil;2 0 vino aromático, manjares sucu­lentos; embriagados por el lujo y la lujuria; culto de mucho ruido e incienso, pero execrable; prostitución sagrada, costumbres paganas, abandono de la fe yahvista. El pueblo de Dios estaba podrido y no se daba cuenta; los profetas habían dejado de levantar su voz, y todo parecía justificarse por el culto suntuoso y desorbitado. Amós es enviado a recriminar y condenar con autoridad  la situación. El mejor lugar y momento para hacerlo, el santuario de Betel y la celebración cultual. Era el santuario oficial, dotado de privilegios y frecuentado por multitudes. Su culto garantizaba la protección de Yahvé. Aquello no tiene que ver nada con el auténtico culto a Yahvé. Amós no respeta ni la afluencia de gentes ni la importancia del lu­gar. El sacerdote del santuario lo confunde con un profeta de profesión, envidioso, extravagante y extranjero. «Vete de aquí», le dice. Respondió Amós: No soy profeta ni hijo de profeta, sino pastor y cultivador de higos. El Señor me sacó de junto al rebaño y me dijo: Ve y profetiza a mi pueblo de Israel”.

8Porque el encargo de Amós no es cosa humana, viene arrastrado por el «soplo» de Dios que es irresistible. La voz del Señor  lo ha investido de su poder y autoridad, constituyéndolo profeta» y enviado (= apóstol) para gritar la condena de Dios a los abusos y la prepotencia de los poderosos, entre otros males sociales. Amós defendió con toda firmeza el valor y la dignidad de cada persona. No es su oficio ganarse el pan, gesticulando de aquí para allá con ademanes extraños, vestido con ra­reza, como uno de aquellos «hijos de profetas». Es un profeta de vocación particular. Es la «voz de Dios» y nadie podrá impedírselo. Cualquier clase de oposición, venga de donde venga, es desca­bellada, pero su mensaje resultó insoportable para el sacerdote y el rey de Israel. Hoy día, los males sociales han cambiado solamente de nombre, pero la conexión entre criminales y muchas autoridades sigue tan presente como entonces. La maldad del corazón humano y la debilidad de los controles de que dispone la sociedad para contener la injusticia y la violencia, causan nuestra desgracia. Quienes reconocemos la validez de la llamada evangélica a vivir como servidores de la paz, no podemos quedarnos indiferentes. Una gran transformación de la conciencia, de los estilos de educar, convivir y gobernar es indispensable, para salir de la descomposición en que estamos hundidos; la verdad del mensaje profético de Amós nos sigue incomodando la conciencia desde hace casi tres mil años.

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El evangelio del día nos muestra a un Jesús que no se deja intimidar por el rechazo violento de los suyos en Nazaret y no renuncia a su misión, porque no es la cerrazón humana lo que puede bloquearla. Por eso llama a los Doce (Mc 3, 13-19) que elige de entre sus seguidores, para que lo acompa­ñen a todas partes, oigan sus predicaciones y vivan con él, como si les estuviera dando clases. Ahora los envía a anunciar el Reino, pues para ello precisamente los había elegido. Jesús quiere que comiencen  cuando cree que están preparados para hablar y actuar, de acuerdo con lo que han escuchado y asimilado. Ahora llega la hora de su primera experiencia de anuncio y unción a los enfermos con óleo, signo de cómo impregnados por la presencia de Dios hacen prevalecer el bien, liberando de toda opresión tanto corporal como espiritual, de tantas maldades que oscurecen la vida. Van de dos en dos con una misión que, en Marcos aparece bastante reducida y genérica: una clara invitación a revisar sus criterios de juicio y a la conversión, pues sin ella no puede implantarse el Reino. Los otros dos Sinópticos (Mt 10, 1-42; Lc 9, 1-10) narran con mayor precisión la misión y los desafíos que encontrarán.

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Jesús les otorga poder contra los “espíritus inmundos”, por los que se entendían31 entonces muchas cosas a la vez: enfermedades psíquicas, deformaciones físicas, epilepsia, víctimas de planteamientos sociales y legales destructivos, etc. El poder se ejercita acercándose a estos sufrimientos, aceptando el reto que hacen a la confianza en Dios, a la convivencia solidaria, y a la dignidad de toda persona humana. “Inmundo” como contrapuesto a la “pureza” de Dios, que es amor, solidaridad, justicia, misericordia, colaboración, acogida, etc. Por eso los Doce tendrán que llamar a la conversión de los prejuicios y de las formas inmundas de vivir. El número “doce”, citado en referencia a la fundación de la primera comunidad, significa la continuidad, pero también la superación de la antigua Alianza. El envío de “dos en dos”, según la mentalidad judaica, es porque ésta solamente admite el testimonio dado por una “comunidad” (al menos dos) y no de uno solo. También, como dice  Eclesiastés 4,9, “Mejor dos juntos que uno solo. Si uno cae, lo levanta su compañero”, para que estén más cercanos el uno al otro

24La misión debe ser itinerante, no sedentaria, es decir, deberá estimular a caminar de nuevo, al desapego de los resultados, a la libertad interior y exterior. De aquí la recomendación que todos los Sinópticos resaltan sobre la pobreza material en el vestir y en el comer, y sobre las seguridades y evidencias. Probablemente se trata de la brevedad de la experiencia: no debía durar mucho este primer anuncio, y por lo tanto, deberían ir aligerados de todo, libres, insistir más sobre lo inmediato del anuncio, que sobre la consolidación de los resultados, pues todo lo demás sobra. Han de observar una conducta sencilla y sobria al máximo. La hospitalidad de las gentes les abrirá las puertas. Sus pocas pretensiones infundirán con­fianza. No los envía a grandes ciudades o auditorios, sino a casas de lugares pobres y humildes, donde la semilla del Reino prende con más docilidad. Jesús les hace algunas advertencias: “Cuando entréis en una casa, quedaos allí hasta que os marchéis”, signo de agradecimiento con las familias que los reciben. “Si en un lugar no os reciben ni os escuchan, salid de allí y sacudíos el polvo de los pies” para desenmascarar la hipocresía, la cerrazón y la bondad sin compromiso; es un gesto simbólico que expresaba que no se tenía nada en común con los habitantes de esa casa o ciudad. ¡Ay de aquéllos que se cierren a su voz! La paz pa­sará de largo de ellos.

Toda oposición es condenada, pues quien desprecia al apóstol desprecia a Dios. El19 mensaje es la Buena Noticia de Jesús; quien ve al mensajero tiene que ser capaz de ver a Cristo, el enviado debe ser fiel a quien le envía. Seriedad tanto para el enviado como para los destinatarios. Cuando Jesús nos llama, nos obliga a dar un paso hacia delante, nos hace cambiar nuestro propio yo, nos cambia nuestro modo de pensar y de vivir, para identificarnos con el yo de Jesús, y representarlo ante la gente. Para que como dice hoy Pablo: “seamos santos e irreprochables ante él por el amor”. Solo quien ha sido capaz de estar con él, de revestirse de él, tiene la posibilidad de ser apóstol. El mensaje es Jesús, no nosotros. La credibilidad de los mensajeros facilitaba la buena acogida, y les ordena que no lleven nada para el camino, llamados a ser siervos humildes, y confiados en la providencia de Dios, y manifestando lo distante que debe estar de ellos el deseo de riqueza. Lo único que remarca que pueden llevar es un bastón, que expresa el poder recibido del Señor, especialmente para atraer a las ovejas que se van del redil. No vestir dos túnicas significa abandonar la abundancia y la doblez.

22Deben ir con toda disponibilidad y premura, a encontrar a la gente, sin preocupación de ganancias o supervivencia. Deben buscar al que está enfermo – por razones personales o sociales, por la opresión de la ley o por la maldad humana – y liberarlo sanando las heridas del corazón. Por otro lado, deben aceptar los fracasos personales, e irse sin lamentaciones del lugar donde no haya habido acogida, donde el rechazo o la hipocresía hagan estéril el anuncio y el testimonio. Una ruptura clara e inequívoca, que sin embargo el mismo Jesús no ha vivido, pues trató siempre de volver a dialogar. Sufrió por la cerrazón de los fariseos y de los escribas, hizo frente a sus tenaces e insidiosas barreras, y, sin embargo, impone a los discípulos no perder tiempo con los que no los aceptan. Probablemente en esta recomendación exista también una adaptación a la situación de la comunidad: no deben lamentarse por no entenderse con la comunidad israelítica. Hubo una cerrazón total, un rechazo feroz y agresivo: esto ya lo había previsto Jesús. Que no les dé pena. Que vayan a otros lugares, que no pierdan el tiempo en recuperar lo que es irrecuperable.

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Sobre la misión cumplida por los Doce, el Evangelio nos refiere gratas noticias: lanzan de­monios y curan enfermos. Expresión plástica de la venida del Reino. Los Doce continúan la obra de Cristo, y también la Iglesia hoy; y mensajeros somos todos, pues todos somos llamados; encontrarnos con Jesús nos invita a un estilo de vida que nos hace testigos de la misión de Cristo que es salvadora. Sus enviados somos «salvadores» por voca­ción y oficio. Para ello los poderes que nos da. La Iglesia continúa esa función ¿Cómo la cumplimos? ¿Salvamos? ¿Evangelizamos? ¿Cuál es nuestro primer in­terés? ¿Operan maravillas nuestras manos: atención, desinterés, amor fra­terno? ¿Lanzamos los demonios de la ira, de la envidia, del odio? ¿Acudimos con nuestra solicitud al lado de los pobres, de los enfermos, de los desgracia­dos?

13Para realizar esta misión el apóstol debe dejar de lado muchas cosas. En realidad todo. Sólo lo necesario e indispensable. Sencillez apostólica. Sólo nos ha de bastar el Evangelio. ¿Cómo andamos en este punto? ¡Cuánto bagaje llevamos acuestas! Intereses personales, negocios, asuntos financieros, preocupaciones no evangélicas…. No debe sorprendernos la des­confianza de los oyentes. Sin una independencia radical no tendremos fuerza para anunciar en toda su amplitud el Evangelio. En este punto nos encon­tramos muy lejos del ideal. Convendría pensarlo. El evangelio de hoy nos recuerda que los cristianos deberíamos andar por la vida más ligeros de equipaje, más austeros, compartiendo lo que somos y tenemos con los que menos poseen, comprometidos social y políticamente con la transformación de la realidad.

Este mensaje, también hoy, encuentra oposición e indiferencia, el mensaje puede ser10 rechazado, aunque a nosotros nos parezca lo más importante para nuestra vida y nuestra sociedad. Se trata de pedir un cambio de vida, de renovarse, de cambiar las estructuras humanas y sociales, de convertirse y eso nos cuesta a todos, también a los mensajeros y por eso la importancia, como decíamos antes, de estar identificados con Cristo. Sacudirse el polvo de los pies puede ser lo último, estamos llamados a no desanimarnos, siempre se puede ir a otro lado.

Para ir a las lecturas pincha en la imagen.

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