La vida cristiana: una aventura de amor con aquel al que hasta el viento y las aguas obedecen.

Mañana domingo 24 de junio coincide la celebración del domingo XII del tiempo Ordinario con la de san Juan Bautista. Nosotros hemos elegido reflexionar con las lecturas de la palabra de Dios del domingo para no perder la lectura continuada del ciclo.

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Y la Palabra de este domingo nos propone la relación entre Dios y el drama existencial del ser humano: el acuciante y eterno problema del sufrimiento que lleva pegado a su carne, desde que nace hasta que muere, como sociedad y como individuo, y a todos niveles: físico, moral… ¿Cuál es su razón de ser? La Filosofía y la Teología buscan una respuesta ante el terrible interrogante del porqué del sufrimiento. Anejos, el misterio de Dios, de si manda el sufrimiento, o al menos, lo consiente, y el problema de si el mal y el26 sufrimiento son consecuencias del pecado personal. Si fuera así, el justo ve asegurado su bienestar gracias a su conducta irreprochable. No obstante,  esto no encaja, y más tarde o más temprano la desgracia también le llega hasta la médula de sus huesos. ¿Por qué? ¿Qué he hecho yo para merecer esto? Y sigue la enumeración de las buenas obras que acreditan su inocencia. Una cosa queda clara, y es que aunque el pecado personal no sea la razón inmediata de la existencia del mal en cada uno, sí que se ve una correlación entre la realidad del pecado, llámese egoísmo, injusticia, venganza…, y sus consecuencias maliciosas, llámese pobreza, hambre, violencia…

Es el caso que plantea el libro de Job (primera lectura): no entiende su sufrimiento, cree que no lo merece, y se atreve a cuestionar a Dios y clasificarlo como rival, discute con Él y le expone su inocencia y el castigo inmerecido: “¡Ojalá que alguien me escuchara!Que 36responda el Todopoderoso, que mi rival escriba su alegato” (Job 31,35). Hasta que Job enmudece ante el misterio. Dios no da explicaciones a Job. Sólo afirma su omnipotencia, que se manifiesta en la naturaleza. Job tiene que confesar su ignorancia y renunciar a erigirse en juez del Señor. Y por fin, tras la noche oscura, amanece la aurora: “Apaciguó la tormenta en suave brisa, y enmudecieron la olas del mar” (Salmo107( 106), 29). Dios no responde a dudas: a Él le podemos pedir todo menos el porqué de las cosas y pedirle cuentas. Dios está y está hablando; somos nosotros quienes no estamos en su presencia y, por tanto, no oímos su voz. Nosotros no podemos escrutar el secreto de Dios: sólo vemos fragmentos y nos equivocamos si queremos hacernos jueces de Dios y de la historia. Y el problema no es que Dios no exista o que no esté, sino que los hombres vivamos como si Dios no existiera.

¿Por qué esto? ¿Tiene el sufrimiento un sentido, una razón de ser? ¿Podrá  algo o alguien35 liberarnos de este sometimiento irremediable ante el mal? La creencia más generalizada es que el dinero, el poder y el prestigio, podrían darnos esa ansiada seguridad frente al mal y sus consecuencias. Tampoco parece que todas esas “seguridades” lleven a buen puerto. ¿Será que la persona debe, aún sin comprenderlos, reconocer sus propios límites y asumirlos? La persona de fe lo afirma y se abre a admitir sobre sí una providencia misteriosa, cierta y segura que lo gobierna todo. ¿Será ésta una posición  justa y acertada? Porque en la misma respuesta de fe está la duda: Sí, pero ¿por qué Dios lo permite? No parece evidente la presencia del Señor ni su interés ante tanto sufrimiento. En momentos en que todo parece amenazar ruina y desastre, ¿dónde estás, Señor?, y ese grito de agobio, ¿por qué a mí?

34Vayamos al Evangelio del día que narra el episodio de la travesía del mar de Galilea después de que Jesús ha hablado, en parábolas, del Reino de Dios. Es como si Jesús quisiera poner a prueba la fe de sus discípulos, a ellos que les explicaba el sentido profundo de sus parábolas. El mar de Galilea, en una escena pedagógica, se convierte aquí en el misterioso y tremendo símbolo de los apuros ante una situación desesperada. Jesús duerme en la barca mientras ruge furiosa la tormenta; está tranquilo porque confía en su causa, la causa de Dios. Una voz descompuesta sacude al Maestro: “¿No te importa que nos hundamos?” La barca de Pedro zozobra, y Cristo va dentro. Estamos ante un misterio. ¿Por qué lo permite? Parece que no lo han descubierto todavía: «¿Aún no tenéis fe?» Fe en su persona, y todavía no se han enterado de que él es el Mesías, el Señor. Tras la calma, se levanta en su corazón un sentimiento de temor. Sienten la presencia de lo divino, de lo22 grande. Y su espíritu se encoge, se turba y rebosa res­peto. Ahí está el Señor.

Nosotros andamos por esta vida como en barcas que a veces van navegando bien, sin mayor problema cuando vamos por aguas tranquilas. Sin embargo, los problemas se presentan cuando la navegación se hace difícil, por las tempestades y tormentas propias de la vida de cada uno. Y en esos momentos de navegación difícil comenzamos a flaquear y a temer. Nos pasa lo mismo que les sucedió a los Apóstoles en el Evangelio de hoy: cuando estamos navegando bien, aparentemente sin problemas, sin tempestades, tal vez ni nos acordamos de Dios. Pero cuando la travesía se hace difícil y vienen las olas turbulentas, pensamos que Dios está dormido y que no le importa la situación por la que estamos pasando. Tal vez hasta lo culpemos de lo que nos sucede y hasta le reclamemos indebida e injustamente soluciones y milagros.

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La vida humana, y por ende la del cristiano, está sacudida por tempestades de todo tipo, y a veces parece amenazar ruina y desastre. La diferencia entre el creyente y el no creyente está exclusivamente en la consciencia o no de sentir la presencia de su Señor en 21momentos de zozobra: ¿Dónde estás, Señor? El reproche de Jesús cae sobre nosotros: ¿Por qué sois tan cobardes? ¿Todavía no os habéis percatado de quién es el que va con vosotros? Y vuelve otra vez la voz del Maestro: “¡Silencio, cállate!” Y vuelve la calma. ¿Hasta qué punto tenemos fe? No deja, con todo, de ser misterioso que nuestra vida en Cristo sea zarandeada por los vientos, aun estando en ella Cristo. La barca, la vida humana, está expuesta a las inclemencias del tiempo, como lo estuvo Jesús en su vida. Con todo, una seguridad le acompaña: Cristo estará ahí, dentro de ella, y también ella saldrá victoriosa. Se apaciguarán los vientos y se calmará el mar. No hay por qué temer: a la vida humana que lleva su cruz y su pasión, se le ha prometido la victoria.

La vida cristiana es una aventura de amor que vivimos embarcados en la comunidad20 que nos acompaña en la travesía. Como en toda aventura, hay incógnitas en el camino, dificultades e incluso tempestades que hay que superar ayudándonos mutuamente y especialmente con la ayuda de Jesús. Pero sucede a veces que arrecia la tempestad, parece que la barca se hunde y Jesús no se entera, está dormido. ¿Se está hundiendo nuestra vida? ¿Se está hundiendo la Iglesia? En aquella ocasión, Jesús calmó la tempestad, pero recriminó a sus discípulos la falta de fe: “Yo estaré con vosotros todos los días hasta la consumación del mundo” (Mt 28,20). Los discípulos, en aquella ocasión, se preguntaban: ¿Quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen! Él también calma ahora las tempestades. Lo que está en cuestión no es si la barca llegará o no llegará a puerto, que llegará. Vendrá el reinado de Dios. Lo que está en cuestión es la fidelidad de cada uno correspondiendo a la obra de Jesús. Por ello es fundamental fortalecer la vida de fe y amistad con él.

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¿El sufrimiento, el dolor, la muerte tienen un sentido? En el caso de Jesús son expresión de un amor inefable, al menos para los creyentes. Ante un mundo viejo y podrido, que odia, que mata, egoísta, interesado, particularista, alejado de Dios, el amor de Dios ha de 17padecer, ha de sufrir… pero ha de vencer. El sufrimiento del cristiano lleva ese signo. Un amor en lucha, en pasión, en sufrimiento. El cristiano participa de la debilidad de su Señor. El sufrimiento nos configura a Cristo cuya vida transcurre dentro de los estrechos límites del espacio y del tiempo, con las flaquezas personales y la oposición ajena. También le acompaña la «fuerza» de su Señor, que aunque parezca dormido siempre está atento para ayudar a los que sufren. Sufrimos en obediencia al Padre en esta condición humana y en amor a todos. Ya pasarán las tempestades. Para el creyente, Dios dirige sabiamente y con autoridad. Hay que dejarse llevar por él. Esperamos ver con nuestros propios ojos la realidad suprema que este misterio encierra. Hay muchas tormentas en la vida y no debemos perder la calma. Jesús está con nosotros.

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Y ésta es la mejor garantía en las tempestades de la vida: tener con nosotros a Jesús. El medio para tener a Jesús dentro de la barca de la propia vida y de la propia familia es la fe. Cuando se desencadenaba una tempestad en el mar los marineros, en el pasado, solían echar aceite sobre las olas para aplacarlas. Echemos nosotros el aceite de la confianza en Dios sobre las olas del miedo y de la angustia. Dios nos cuida, le12 importamos, y ¡cómo! Pero la intervención extraordinaria del Señor no nos autoriza a esperar milagros constantes. Debemos trabajar como si todo dependiera de nosotros, y esperar la ayuda de Dios como si todo dependiera de Él, que no vendrá a reparar todas las consecuencias de nuestros fallos y cobardías, ni de nuestra ociosidad y despreocupación, pero que está siempre al mando de la situación. Él guía nuestra barca en medio de tempestades y tormentas, en una presencia escondida y silenciosa. Sea en la tormenta, sea en la calma, Dios está presente en la vida de cada uno de nosotros, esperando que nos demos cuenta de su presencia silenciosa. Oremos como los discípulos: “Sálvanos, que 10perecemos”. ¿Y si no se hubieran salvado? Se hubieran ido al fondo, pero con Jesús. Al final todo saldrá bien.

Jesús no nos embarca y se queda en la orilla, sino que se sube a la barca de nuestras vidas, con sus dificultades y deberes; con alguna frecuencia nos manda dejar orillas conocidas y avanzar hacia lo desconocido. Él viene con nosotros; a veces guardará silencio, pero viene. En este nuestro intento de seguir a Jesús, nos acecharan tormentas que amenazan con hundir nuestra barca, como les sucedió a los apóstoles. Cristo no nos promete mandar callar siempre al viento impetuoso de nuestras tormentas. Pero como alguien que nos quiere, y tiene poder para ello, nos promete estar siempre con nosotros en todas nuestras circunstancias. Con él acompañándonos, todo es diferente.

Para ir a las lecturas pincha en la imagen.

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