Corpus Christi: La nueva alianza con una sangre derramada para la vida del mundo.

Intentamos hacer un resumen de lo trado ayer en “Camino de fe”, recogiendo las comunicaciones que se compartieron en el aula. Muy buen encuentro. ¡Gracias!

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La celebración de esta fiesta del Corpus Christi nos invita cada año a agradecer el don de la Eucaristía, y ayudarnos a refrescar nuestra fe en ella y sus implicaciones.  El tema central que nos ocupa en este ciclo B a través de las lecturas litúrgicas es el de la toma de conciencia de que somos miembros de la nueva  alianza de Dios con los hombres, es decir,  de que estamos compartiendo vida con Dios y entre nosotros, y que esto tiene sus implicaciones. El vínculo entre el Dios salvador y el pueblo salvado se expresa en la Biblia con una palabra de relación interhumana: alianza, un rito civil, que pasa a ser religioso, y quiere expresar y mantener la relación salvadora.  Esta alianza nace del amor siempre fiel de Dios, que nunca rompe su relación con nosotros, que a pesar a pesar de la infidelidad del pueblo sigue confiando, y así lo repite Jesús en medio de persecuciones y abandonos; y atraviesa toda la historia de la salvación (Adán, Noé, Abrahán,etc) y encuentra en los hechos del Sinaí, (primera lectura), un momento de particular importancia.

35En efecto, en el Sinaí se estipula de modo solemne una alianza que ya existía, pero que no había sido aún formalizada. Moisés, el mediador, lee las leyes (el decálogo), el pueblo acepta, se erige un altar, se ofrecen sacrificios y se rocía la sangre sobre el altar y el pueblo. Una misma sangre, que es vida, une los dos extremos: el altar, signo de Dios, y las doce piedras que representan a las doce tribus. Así, la alianza queda sellada. Sin embargo, esto no era sino figura de la nueva alianza que encuentra en Cristo su culminación como sacerdote de los bienes futuros (segunda lectura) que ya no ofrece sacrificios y sangre de animales, sino su propia sangre. En la última cena Cristo anticipa sacramentalmente su entrega, y establece, por medio de su cuerpo y de su sangre, la Nueva Alianza, la definitiva, aquella que nos da la plena revelación del rostro misericordioso de Dios y la salvación del género humano (evangelio del día).

La alianza es una relación de vida que compromete cada instante y toda la existencia de29 los individuos y del pueblo, y como dirán después los profetas de la crisis religiosa del tiempo de la monarquía, la alianza es una relación de amor. Vida y amor siempre nuevos, siempre reanudados, siempre abiertos a todos los caminos de la comunión y de la manifestación en la imaginación, de la búsqueda constante. Vida y amor de todos los tiempos, pero especialmente del ahora, ya que tanto una como otro son realidades presentes que fluyen del pasado hacia el futuro, pero siempre plenamente actuales. De ahí que exijan una dinámica constante de conversión, de apertura a la renovación. De ese modo, la sangre de las víctimas derramada sobre el altar y sobre el pueblo cobra todo el significado de sello vital de la alianza contraída.

20Participar de una misma sangre es establecer el vínculo familiar o entrar en comunión de vida: la sangre de las víctimas es vínculo de unión entre Dios  y el pueblo, los cuales, a partir de ahora, serán los grandes aliados, partícipes de una misma vida y amor. Conviene indicar que el rito de la sangre, que nos puede parecer extraño y causar repulsa, tiene un significado muy positivo. Los antiguos pensaban que en la sangre estaba la vida. Dar la sangre equivalía a dar la vida. Así, cuando la víctima es sacrificada -se ofrece la víctima a Dios-, Dios responde dando la vida. El sacrificio, implica ciertamente una oblación, una muerte, pero su contenido más profundo es dar la vida. El rito de la aspersión de la sangre significa, por tanto, la respuesta de Dios al sacrificio que se ha ofrecido y al compromiso del pueblo de observar los mandamientos: Dios responde comunicando la vida.

Jesús con su propia sangre ha creado una nueva alianza en la que nos une a Dios de3 verdad, pues perdona los pecados, nos hace hijos de Dios y capacita para vivir como tales, amando a Dios y a los hermanos. Su sacrificio no consistió en matar animales sino en ofrecerse a vivir haciendo la voluntad del Padre hasta la muerte por amor. Es el único sacrificio agradable a Dios. La alianza del Sinaí encuentra su culminación y perfección en la nueva alianza que Dios establece con los hombres por medio de su Hijo. La carta a los Hebreos presenta a Cristo como el sumo sacerdote, aquel que ofrece el sacrificio perfecto. Cristo ha venido como sumo sacerdote de los bienes futuros. La alianza ha llegado a su máxima expresión. Ya no es la sangre de animales la que ofrece el sacerdote en el “santo de los santos” (al cual el sumo sacerdote entraba una sola vez al año), ahora es la sangre misma de Cristo, sumo sacerdote, la que se ofrece. El salvador ha entrado de una vez para siempre en el santuario del cielo, está junto al Padre para interceder por nosotros. A pesar de esta plenitud en Cristo, no podemos desechar la herencia y vivencia judía para entender y vivir la Eucaristía.

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La Eucaristía que hoy celebramos es el memorial que Jesús nos ha dejado para que nos unamos y compartamos su sacrificio y así renovemos nuestra participación en la nueva alianza, que ya comenzamos con el bautismo. El acontecimiento que hoy se repite tiene que ver con un Jesús que va a morir, más exacto, a quien se va a matar. A Jesús lo 4representan el pan y el vino de los que participamos los comensales. Al comer el pan y beber el vino entramos en comunión con ese Jesús que va a la muerte.  En la última cena se anticipa sacramentalmente el sacrificio de Cristo en la cruz, que será el ofrecimiento definitivo y fundará la alianza definitiva. Jesús ofrece en el cáliz la sangre de la alianza que será derramada por muchos, es decir, en lenguaje semítico, por todos. En esta cena se evoca la liberación de Egipto y la “firma” del pacto del Sinaí. Con la sangre de Cristo se establece la nueva y definitiva alianza. En su sangre, en el don de su vida, se manifiesta el amor del Padre por el mundo ( Jn 3,16), su misericordia. Ahora el hombre tiene abierto el camino de la conversión y de la vida eterna. En el sacramento de la Eucaristía Jesús no solamente se queda con sus discípulos, sino que funda con ellos su comunión con Dios.

Al comer el pan y beber el vino sabemos también que entramos en comunión con lo que18 parece imposible entre nosotros, pero que es absolutamente real en Dios, porque en Él la utopía es la realidad. El hombre no puede vivir solo ni humana ni religiosamente. Humanamente necesitamos de nuestros padres, de nuestra familia, de la sociedad. Religiosamente necesitamos de Dios y de la comunidad cristiana. Dios, que es comunidad, nos ha creado a su imagen y semejanza y quiere que vivamos como hijos suyos, con nuestra personalidad y responsabilidad, pero en dependencia de él y de los hermanos, que son inseparables. Fácilmente caemos en el engaño de querer vivir unidos a Dios sin relación con los demás, que es imposible, pues por el bautismo estamos todos integrados en el cuerpo de Cristo, en el que vivimos unidos a Dios Padre y a los hermanos. Siempre que celebramos la Eucaristía ratificamos nuestra voluntad de vivir haciendo la voluntad del Padre unidos a Jesús y a los hermanos. Y siempre que comulgamos nos unimos a Jesús y a los hermanos.

La liturgia invita a hacer un breve acto de fe inmediatamente antes de comulgar: “El cuerpo de Cristo. Amén”, donde “cuerpo” se refiere a la cabeza y los miembros. Normalmente pensamos en Cristo cabeza, pero también entramos en comunión con sus miembros. Entramos en la celebración  como individuos, salimos como comunidad. Por eso, ahora no puedo faltar a la celebración porque si no le resto un miembro a la comunidad.  Esto implica compromiso de vivir integrados en la comunidad cristiana, cada uno según sus cualidades y posibilidades, recibiendo y prestando ayudas para caminar todos juntos y ayudarnos mutuamente.

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Con todo fundamento la Iglesia ha unido esta celebración a CÁRITAS, que no es una ONG, sino el brazo de la Iglesia para su servicio a los demás, especialmente a los necesitados, y desarrolla el precioso servicio de ayudar a las personas más necesitadas, a las más pobres. Una comunidad que celebra la Eucaristía necesita organizarse para llevar a cabo todas las exigencias de comunión que implica la Eucaristía. La “verdad” de una celebración solemne de la Eucaristía se comprueba en la “verdad” de una Caritas eficiente. Nuestras comunidades, cuando celebran la Eucaristía, han de ser más conscientes de que el sacrificio de Cristo es para todos y que, por eso, la Eucaristía impulsa a todo el que cree en Él a hacerse «pan partido» para los demás y, por tanto, a trabajar por un mundo más justo y fraterno… La vocación de cada uno de nosotros consiste en ser, junto con Jesús, pan partido para la vida del mundo.

17La Eucaristía, a través de la puesta en práctica de este compromiso, transforma en vida lo que ella significa en la celebración. El sacrificio de Cristo es misterio de liberación que nos interpela y provoca continuamente para ser realmente operadores de paz y de justicia. Debemos denunciar a quien derrocha las riquezas de la tierra, provocando desigualdades que claman al cielo. Es imposible permanecer callados ante las imágenes sobrecogedoras de los grandes campos de prófugos o refugiados. Menos de la mitad de las sumas destinadas a armamento sería más que suficiente para sacar de la indigencia al inmenso ejército de los pobres. El alimento de la verdad nos impulsa a denunciar las situaciones indignas del hombre, en las que a causa de la injusticia y la explotación se muere por falta de comida. Los cristianos han procurado desde el principio compartir sus bienes y ayudar a los pobres. La colecta en las asambleas litúrgicas no sólo nos lo recuerda, sino que es también una necesidad muy actual.

Y este es el sentido profundo de la Eucaristía: aprender de Jesús a distribuirse, a darse,13 sin miedo de las fuerzas que amenazan la vida. Porque la vida es más fuerte que la muerte. La fe en la resurrección anula el poder de la muerte. Eucaristía quiere decir celebrar la memoria de Jesús que da su vida por nosotros, a fin de que nos sea posible vivir en Dios y tener acceso al Padre. He aquí el sentido profundo de la Eucaristía: hacer presente en medio de nosotros y experimentar en la propia vida, la experiencia de Jesús que se da, muriendo y resucitando. No siempre los cristianos han conseguido mantener este ideal de la Eucaristía. En los años cincuenta, Pablo critica a la comunidad de Corinto porque cuando celebraban la cena del Señor hacían exactamente lo contrario, porque “algunos comen primero su cena y así uno tiene hambre, el otro está borracho”(1Cor 11,20-22). Celebrar la Eucaristía como memorial de Jesús quiere decir asumir el proyecto de Jesús, es decir, imitar su vida compartida, puesta completamente al servicio de la vida de los pobres.

7El evangelio de Juan, en vez de describir el rito de la Eucaristía, describe cómo Jesús se arrodilla para cumplir el servicio más común en aquel tiempo: lavar los pies. Al término de aquel servicio, Jesús no dice: “Haced esto en memoria mía” (como en la institución de la Eucaristía en Lc 22,19; 1Cor 11,24), sino que dice: “Haced lo que yo he hecho” (Jn 13,15). En vez de ordenar que se repita el rito, el evangelio de Juan pide actitudes de vida que mantenga viva la memoria del don sin límite que Jesús hace de sí mismo. Los cristianos de la comunidad de Juan sentían la necesidad de insistir más en el significado de la Eucaristía como servicio, que del rito en sí. El auténtico encuentro con el Señor necesariamente produce un cambio, una transformación interior, un crecimiento en el amor, lleva a asemejarnos cada vez más a Él en todos nuestros pensamientos, sentimientos y actitudes. Si eso no sucede, la Comunión más que un verdadero Encuentro con Cristo, es un desprecio a quien nuevamente se entrega a mí en el sacramento de la Comunión

Y aunque este milagro de Amor se realiza en cada Eucaristía, existe un día al año en el que la Iglesia invita a celebrar la presencia real del Señor en la Eucaristía con expresa y pública adoración y veneración. Esto sucede precisamente en la fiesta del Corpus Christi. Pidamos  una y mil veces  fe en la Eucaristía, fuente y cumbre de nuestra vida cristiana, y que nos convoca a todos los cristianos los domingos. Pidamos perder la rutina al celebrar la Eucaristía, y hacernos  responsables los que tenemos el honor de recibirla frecuentemente. Y siempre atentos a sus llamadas: Serán siempre llamadas de amor y de servicio para todos. ¿Dónde quieres que vayamos a preparar la cena? La respuesta está en ti. “Ven a comulgar, que te espero. Levántate y anda”.

 Para ir a las lecturas pincha en la imagen.

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