La Trinidad: Al principio el Creador, en la Historia el Salvador, desde entonces el Animador.

44La constitución dogmática Dei Verbum del Concilio Vaticano II dice: “Quiso Dios en su bondad y sabiduría, revelarse a sí mismo y manifestar el misterio de su voluntad (Ef 1,9); por Cristo, la Palabra hecha carne, y con el Espíritu Santo, pueden los hombres llegar hasta el Padre y participar de la naturaleza divina (Ef 2,18; 2 Pe 1,4). En esta revelación, Dios invisible (Col 1,15; 1 Tim 1,17), movido de amor, habla a los hombres como amigos (Ex 33,11; Jn 15,14-15), trata con ellos (Bar 3,38) para invitarlos y recibirlos en su compañía…” (DV 2).

Celebramos hoy la Solemnidad de la Santísima Trinidad. Después de haber celebrado21 en el ciclo Cuaresma-Pascua la acción salvadora de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, la Iglesia nos invita en este domingo a agradecerla, adorando el misterio de Dios uno y trino y correspondiendo a él. La vida cristiana se desarrolla totalmente en el signo y en presencia de la Trinidad: en la aurora de la vida, fuimos bautizados «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» y al final, junto a nuestra cabecera, se nos despedirá con palabras como “En tus manos, Padre bueno, encomendamos a nuestro hermano; nos sostiene la esperanza que resucitará con Cristo con todos los que el Espíritu Santo ha guiado ante ti”. Entre estos dos momentos extremos, se enmarcan otros llamados de transición que, para un cristiano, están marcados por la invocación de la Trinidad.

7 0A lo largo de los siglos, los teólogos cristianos han elaborado profundos estudios sobre la Trinidad; sin embargo, bastantes cristianos de nuestros días no logran captar qué tienen que ver con su vida esas admirables doctrinas. Al parecer, hoy necesitamos oír hablar de Dios con palabras humildes y sencillas, que toquen nuestro pobre corazón, confuso y desalentado, y reconforten nuestra fe vacilante. Necesitamos, tal vez, recuperar lo esencial de nuestro Credo para aprender a vivirlo con alegría nueva. Su nombre es hoy olvidado y negado por muchos. Nuestros hijos se van alejando de él, y los creyentes no sabemos contagiarles nuestra fe, pero Dios nos sigue mirando a todos con amor. Aunque vivamos llenos de dudas, no hemos de perder la fe en un Dios Creador y Padre, en su Hijo Salvador, y en el Espíritu Animador, pues habríamos perdido nuestra última esperanza.

19En la liturgia de este día Dios se revela como único y, al mismo tiempo, como Padre de misericordia que ha puesto en nosotros el Espíritu de su Hijo. Es decir, se revela como Trinidad. No es verdad, por tanto, que la Trinidad sea un misterio remoto, irrelevante para la vida de todos los días. Por el contrario, son las tres personas más «íntimas» en la vida: no están fuera de nosotros, como sucede con la mujer o el marido, que por muy unidos que estén, siempre quedan fuera el uno del otro, sino que las tres personas divinas están dentro de nosotros. «Hacen morada en nosotros» (Juan 14, 23) y nosotros somos su templo (1Cor 3, 16 y 6, 19). Por ello esta fiesta no es una invitación a especulaciones sobre quién es Dios, sino a aproximarnos con humildad y acción de gracias al misterio de Dios uno y trino y a vivir sus consecuencias, pues si Dios ha creado al hombre a su “imagen y semejanza”, todos llevamos en nuestro ser cristiano la impronta de la Trinidad.

20No se trata de intentar conocer plenamente a Dios, que siempre permanecerá en el misterio e inaccesible al hombre, sino aproximarse con humildad y acción de gracias. Cuando Moisés pidió a Dios que le dejara ver su rostro, Dios le contestó que el hombre no puede ver a Dios y seguir vivo, pero que pasaría delante de él, lo escondería en la hendidura de una peña y solo le permitiría verlo de “espaldas”, y así lo hizo (Éx 33,20; 34,1-5). A Dios solo se le puede “ver de espaldas”, es decir, por medio de sus obras propias en su paso por la historia, explicitadas por su palabra reveladora, especialmente por el envío de su Hijo, Jesús, “imagen de Dios invisible” (Col 1,15).

23Pero, ¿por qué creemos los cristianos en la Trinidad? ¿No es ya bastante difícil creer que Dios existe como para añadir también que es «uno y trino»? Los cristianos creemos que Dios es uno y trino porque creemos  que Dios es amor, pues la revelación de Dios como amor, hecha por Jesús, ha «obligado» a admitir la Trinidad, que no es una invención humana. Si Dios es amor, tiene que amar a alguien, ya que no existe un amor «al vacío», sin objeto. Pero, ¿a quién ama Dios para ser definido amor? ¿A nosotros? Sí, pero nosotros existimos tan sólo desde hace unos millones de años, nada más. ¿Al cosmos? ¿Al universo? También, pero el universo existe sólo desde hace algunos miles de millones de años. Antes, ¿a quién amaba Dios para poder definirse amor? No podemos decir que se amaba a sí mismo, porque esto no sería amor, sino egoísmo o narcisismo.

Esta es la respuesta de la revelación cristiana: Dios es amor porque desde la eternidad25 tiene «en su seno» un Hijo, el Verbo, al que ama con un amor infinito, es decir, con el Espíritu Santo. En todo amor siempre hay tres realidades o sujetos: uno que ama, uno que es amado, y el amor que los une. El Dios cristiano es uno y trino porque es comunión de amor. En el amor se reconcilian entre sí unidad y pluralidad; el amor crea la unidad en la diversidad: unidad de propósitos, de pensamiento, de voluntad; diversidad de sujetos, de características, y, en el ámbito humano, de sexo. En este sentido, la familia es la imagen menos imperfecta de la Trinidad. No es casualidad que al crear la primera pareja humana Dios dijera: «Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra» (Génesis 26-27).

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Esta característica de imagen y semejanza de Dios, se une al hecho de que el Padre nos ha dado su Espíritu para ser hijos de Dios y poder acceder a la casa paterna. Por tanto, no nos podemos dejar dominar por un espíritu de temor sino vivir unas relaciones filiales que, por sí mismas, ahuyentan el temor (Segunda lectura vv. 14-15). El privilegio del hijo de Dios consiste en poder llamar a Dios Padre, Abba, que alude, quizás, a la oración del Padrenuestro, que algunos de los interlocutores de Pablo conocerían en arameo (v. 15). Un hijo de Dios no tiene que fabricarse una religión en que, como sucede en la religión judía, sería necesario contabilizar los esfuerzos ante un Dios-Juez, o, como en la religión pagana, acumular los ritos para ganarse la benevolencia de un Dios terrible. El cristiano puede llamar Padre a su Dios, con todo lo que esto supone de familiaridad y, sobre todo, de iniciativa misericordiosa por parte de Dios. El 49evangelio de hoy recuerda que nuestra vida nueva participa de la vida de Dios, pues estamos bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, es decir, en el bautismo el Espíritu nos une a Cristo, el Hijo, y éste al Padre, quedando participando la vida de Dios. Por eso Jesús, en la misma perícopa evangélica, invita a vivir de acuerdo con sus enseñanzas en las que nos detalla cómo tiene que vivir un hijo de Dios. La segunda lectura nos ha recordado el hecho de nuestra filiación adoptiva por medio del Espíritu, que nos capacita para vivir de tal manera.

Una de las facetas de esta vida cristiana es la comunión con los hermanos y en la sociedad. Si participamos la vida divina, nuestro ADN es portador de comunión, igual que Dios no es soledad sino riqueza de vida en el amor entre las tres personas divinas. De aquí la necesidad de mantener la unidad con los demás miembros del Cuerpo de Cristo, manteniendo cada uno su propia personalidad. Como la conservan las tres divinas personas Según Pablo, los dones divinos provienen de las tres personas divinas en común, pero cada una deja su propia impronta: porque viene del Padre es capacidad de obrar, porque viene del Hijo es servicio, porque viene del Espíritu es gratuidad y amor: “Ahora bien, hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo. Y hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo. Y hay diversidad de operaciones, pero Dios, que hace todas las cosas en todos, es el mismo”. (1 Cor 12,4-6). Esto exige renunciar constantemente al egoísmo y al aislamiento y vivir en actitud de servicio a los demás.

Por tanto, toda la Trinidad actúa en la justificación del hombre: el Padre aporta su30 amor para hacer de los hombres hijos suyos; el Espíritu viene a cada uno de ellos a dominar su miedo e iniciarlos paulatinamente en un comportamiento filial; finalmente, el Hijo, el único Hijo por naturaleza, el único heredero de derecho, viene a la tierra a hacer de la condición humana y del sufrimiento el camino de acceso a la filiación, revelando así a sus hermanos las condiciones de la herencia.

Vamos a terminar recordando todo lo que significa hacer sobre nosotros la señal de la cruz, pues con este breve rito queremos decir que actuamos con el poder del Padre y para su gloria, identificados con el Hijo, el que murió y resucitó, es decir, que actuamos en actitud de servicio, y finalmente con el amor del Espíritu Santo. Y mientras lo pronunciamos hacemos sobre nuestro cuerpo el signo de la cruz, la gran manifestación del amor del Padre que nos entregó a su Hijo, del amor del Hijo que se entregó por nosotros y del amor del Espíritu que nos capacita para actuar en esta atmósfera de amor.

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27¿Te parece demasiado difícil todo esto? ¿No has comprendido mucho? No te preocupes. Cuando uno está en la orilla de un lago o de un mar y se quiere saber lo que hay al otro lado, lo más importante no es agudizar la vista y tratar de otear el horizonte, sino subirse a la barca que lleva a esa otra orilla. Con la Trinidad, lo más importante, no es elucubrar sobre el misterio, sino permanecer en la fe de Cristo, que es la barca que lleva a la Trinidad.

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Para ir a las lecturas pincha en la imagen.

 

 

 

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