La Santísima Trinidad en la Liturgia.

16Celebrar la liturgia es comprender, advertir, contemplar, ver, escuchar, sentir, gustar, en las palabras, los signos y acciones simbólicas del hecho sacramental, la manifestación y presencia del Dios que se nos ha revelado; la liturgia es en primer lugar una teofanía, una manifestación de Dios, y la persona lo reconoce, lo adora y lo glorifica. Siendo trina la realidad divina, la liturgia no cesa de invocar y celebrar la gloria y el esplendor en el tiempo y en el espacio de la comunión y santidad de las tres personas divinas. El Dios trinitario está más presente de lo que nos imaginamos en cada una de nuestras celebraciones litúrgicas, en las que conscientes o no, ahí estamos invocando al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Es oportuno que sepamos descubrir esta presencia para vivir con más intensidad la celebración, sabiendo que37 estamos invocando al misterio más grande y sublime, el de Dios. La comprensión de la liturgia es más completa y coherente cuando se la sitúa en su debida perspectiva, es decir, dentro del proyecto salvífico proyectado y revelado por el Padre, cumplido por el Hijo y llevado a cabo por el Espíritu Santo en la etapa de la Iglesia, y que nos introduce en el misterio de la comunión del Dios tres veces santo.

Se trata de vivir la liturgia como acción de la Trinidad, ya que la celebración nos revela el ser radical de Dios: el misterio de la eterna e infinita comunión en la santidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y su efusión al mundo en el misterio de Cristo. En 15 0las profundidades del eterno misterio de vida que nace del Padre antes de los siglos nadie puede entrar en comunión, sino a través de su Hijo unigénito, pues «a Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado» (Jn 1,18), “pues sólo conoce al Padre el Hijo, y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Mt 1,27). Así que sólo a través de la misión del Hijo, enviado por el Padre y hecho hombre por obra del Espíritu, se participa en la comunión gloriosa del Dios trinitario. La noción de liturgia, en cuanto presencia actual de la obra y de la persona de Cristo, presupone que toda celebración sacramental, en especial la Eucaristía, vive los tres movimientos de la Pascua de Jesús: el Padre nos dona a su Hijo amado, el Verbo asume nuestra carne y nuestra muerte para que resucitemos con Él, y su Espíritu nos hace entrar en la comunión eterna del Padre.

Esta comunión con Dios, dispensada en Cristo, se hace realidad mediante el culto de la13 Iglesia, la liturgia, que en su verdad más radical, no es otra cosa en el fondo que la actualización sacramental continuada de aquel primer acontecimiento por el cual la Palabra-Dios se hizo carne para santificar a los hombres y dar gloria al Padre. Este intercambio entre Dios y el hombre se expresa en la celebración litúrgica con sentimientos de admiración: «oh Dios, que de modo admirable has creado al hombre a tu imagen y semejanza y de un modo más admirable todavía elevaste su condición por Jesucristo; concédenos compartir la vida divina de aquel que hoy se ha dignado compartir con el hombre la condición humana». Efectivamente, la glorificación del Padre por parte del hombre consiste esencialmente en su santificación, en su incorporación al misterio de salvación en Cristo: «porque la gloria de Dios es el hombre vivo» (San Ireneo de Lyón).

12Si la separamos del «misterio» trinitario, la liturgia quedaría limitada a mera «obra humana», a simple expresión cultural del hecho cristiano, su horizonte estaría cerrado a toda trascendencia más allá de la historia, se negaría su condición de don gratuito de comunión divina y la liturgia pierde su condición de anticipación de la bienaventuranza final y participación de la gloria celestial, un pregusto de la liturgia eterna de la Jerusalén celestial, mientras “aguardamos al Salvador, nuestro Señor Jesucristo, hasta que se manifieste Él, nuestra vida, y nosotros nos manifestemos también gloriosos con Él”. Por eso, las celebraciones litúrgicas no sólo hacen presente, bajo el velo de los símbolos, la comunión de los santos en la gloria del Padre, del Hijo de su Espíritu, sino que también anticipan la liturgia, que se consumará al final de los tiempos con la venida gloriosa de Cristo, cuando todo el cosmos recreado adorará sin fin al Dios tres veces Santo. Se debe vivir la liturgia como anuncio anticipación de la gloria futura, término último de nuestra esperanza.

De aquí que la dimensión trinitaria de la liturgia constituya su principio teológico11 fundamental, y la ley de su celebración. La resurrección de Cristo con la donación del Espíritu está, por tanto, en el origen de la liturgia de la Iglesia, que, como tal, existe antes de las celebraciones sacramentales, las vivifica y las hace capaces de comunicar su fruto. Por eso, toda fórmula litúrgica se basa en un esquema tripartito siempre presente, implícita o explícitamente: anámnesis (presencia sacramental de Cristo), epíclesis (obra del Espíritu) y doxología (alabanza de la gloria del Padre). No es de extrañar, por consiguiente, que todas las fórmulas litúrgicas estén siempre dirigidas al Padre, culminen, necesariamente, en una glorificación del Padre, por Cristo, en la unidad del Espíritu Santo. Algunos síntomas revelan un decaimiento del sentido trinitario en las celebraciones litúrgicas, que deberían precisamente acercarnos a él. Por tanto, es urgente que en la Iglesia se reavive el auténtico sentido de la liturgia. La Iglesia existe y vive como efecto de la presencia en ella del poder de la muerte y resurrección del Señor.

7El Padre es la fuente y el fin de la liturgia, quien actúa por nosotros en los misterios celebrados; Él es quien nos habla, nos perdona, nos escucha, nos da su Espíritu; a Él nos dirigimos, lo escuchamos, alabamos e invocamos. Jesús, el mediador, es quien actúa para nuestra santificación, haciéndonos partícipes de su misterio. El Espíritu Santo, el artífice que desarrolla la celebración eclesial del culto, es el que recuerda todo lo que Cristo ha realizado y descubre el significado salvífico del misterio pascual, pero también hace presente y operante este misterio e introduce a todos los hombres en él, interviene con su gracia y nos convierte en el cuerpo de Cristo, y acontece la comunión con la vida íntima trinitaria que la liturgia, de modo sacramental, manifiesta, hace presente y comunica.

Este diálogo de comunión tiene una doble dirección, descendente-ascendente, de1 santificación y culto, y es expresado por el anonadamiento-glorificación de Jesucristo, de Dios al hombre y por la respuesta del hombre a Dios (Flp 2, 6-11). La misión del Hijo de Dios llega a su plenitud y concluye cuando Él, ofreciéndose a sí mismo, realiza nuestra adopción filial y, con el don del Espíritu Santo por su acción santificante, hace posible a cada ser humano la participación en la misma comunión trinitaria. De ahí que, en el núcleo de la liturgia —la anáfora o plegaria eucarística-, se encuentre la memoria del misterio pascual de Cristo: «por eso, nosotros, Señor, al celebrar ahora el memorial de nuestra redención,… y, mientras esperamos su venida gloriosa, te ofrecemos su Cuerpo y Sangre, sacrificio agradable a ti y salvación para todo el mundo». De este modo, la dinámica trinitaria del acontecer litúrgico se nos presenta siempre como un gratuito y continuo flujo y reflujo de «don» y «acogida» de la gloria de Dios; santidad y gloria, movimiento circular que encuentra en el Padre su fuente y su culmen.

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La acción trinitaria, es por así decirlo, el prototipo de la acción sagrada o litúrgica. Sin embargo, visto el activismo eclesiástico y litúrgico debemos definir, a salvo de equívocos, la naturaleza de esta acción. La acción sagrada de la liturgia es esencialmente una “bendición”, un término conocido por todos, pero no en su verdadero significado. Lo hace el siguiente artículo del Catecismo que conviene citar completo: «Bendecir es una acción divina que da la vida y cuya fuente es el Padre. Su bendición es a la vez palabra y don (“bene-dictio”“eu-logia”). De este modo, en cuanto actualización sacramental de la obra de Cristo, la liturgia unifica en su dinámica teológica interna las dimensiones descendente y ascendente —santificación y culto— del misterio de salvación. De este modo, la liturgia de la Iglesia se nos presenta como un don gratuito de comunión, como 8un ofrecimiento de participación, mediante el misterio de Cristo, en la gloria trinitaria, resplandor de la santidad mutuamente ofrecida acogida del Padre, el Hijo el Espíritu Santo. Celebrar la liturgia, por consiguiente, no es sino celebrar al cosmos santificado, para la gloria de Dios trino: «A Ti la alabanza, a Ti la gloria, a Ti hemos de dar gracias por los siglos de los siglos, ¡oh Trinidad beatísima! Santo, Santo, Santo Señor Dios de los ejércitos. Llenos están los cielos y la tierra de tu gloria».

Por lo tanto, la liturgia es bendición divina, palabra y don, y adoración humana, es decir, acción de gracias (eucaristía) y ofrenda. En términos litúrgicos, este movimiento puede expresarse como «bendición» (eulogía) y «acción de gracias» (eucharistia). El Padre bendice al hombre con su intervención salvífica en la historia —desde el comienzo y hasta la consumación de los tiempos toda la obra de Dios es bendición, y el hombre responde en ritual acción de gracias. Por eso, toda celebración litúrgica es, al mismo tiempo, bendición del Padre al hombre y al cosmos, y respuesta en acción de gracias del hombre y del cosmos al Padre. De aquí que la eucaristía sea la acción —y la anáfora o9 plegaria eucarística, la oración— litúrgica por excelencia, al «re-presentar» o actualizar el misterio de Cristo, aquel que es, al mismo tiempo, en su ser Dios-hombre, la definitiva bendición del Padre a la humanidad, y la sola respuesta humana aceptable para el Padre. Aplicado al hombre, este término significa la adoración y la entrega a su Creador en la acción de gracias. Esta conciencia lleva a la oración litúrgica por excelencia, la plegaria eucarística, a comenzar siempre con la alabanza de la asamblea: «en verdad es justo darte gracias, y deber nuestro glorificarte, Padre Santo… Por eso, innumerables ángeles en tu presencia, …  te glorifican sin cesar. Y con ellos también nosotros, llenos de alegría, y por nuestra voz las demás criaturas, aclamamos tu nombre cantando: Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del universo. Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria. Hosanna en el cielo…»

La Eucaristía es el lugar privilegiado de presencia de la Santísima Trinidad, y lo vemos particularmente en cuatro momentos que conviene conocer para vivirlos con mayor intensidad. En la Eucaristía ya desde el inicio está presente la Santísima Trinidad con la invocación inicial: “en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu”. La Epíclesis (=invocación sobre) consecratoria; una vez finalizado el Sanctus, el sacerdote impone las 10manos sobre las ofrendas, e invoca al Espíritu Santo, “de manera que sean para nosotros el cuerpo y la sangre de Jesucristo…”. Otro lugar privilegiado en donde está presente la Trinidad. La Doxología (= glorificación), cuando el sacerdote toma el Cuerpo y Sangre de Jesús y lo presenta a Dios, diciendo: “Por Cristo, con Él y en Él, a ti Dios Padre Omnipotente, en la Unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos”, y el pueblo responde “Amén”. Ahí está presente la Trinidad. Y como su inicio, la Eucaristía también concluye con la invocación a la Santísima Trinidad en la bendición final, “y la bendición de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre vosotros y os acompañe siempre”, le estamos pidiendo a la Santísima Trinidad que acompañe y bendiga a cada uno de los presentes.

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