Un nuevo comienzo con una tierra nueva en que habite la justicia.

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Hoy celebramos el segundo domingo de Adviento, tiempo de conversión, tiempo de preparar los caminos y enderezar las sendas para que se acerque la venida del Reino. Conversión sí, cambio de vida ante Dios, pues sólo Él puede desenmascarar nuestros autoengaños y arrancarnos de nuestras mentiras. Esa acción cauterizadora que Dios realiza en el hombre es el juicio, el juicio de Dios, y el primer paso de la conversión es  sentirse juzgado por Dios. Lo que puede haber de decisión personal para cambiar, está movido por la acción previa de la iniciativa de Dios. Cuando se ha recibido el fuego de la acción juzgadora de Dios, entonces se recibe el Espíritu. El juicio de Dios, que nos lleva a la conversión, es el inicio de nuestra justificación.

11Ahora bien, Dios no nos justifica moviéndonos a realizar actos meramente externos, rituales, sino a dar buenos frutos; es decir, nos impulsa a la multiplicación de nuestros talentos, a las acciones fecundas de donación y de entrega, a vivir en la justicia. Somos justificados si aceptamos el impulso de Dios a vivir en la justicia. La conversión es un cambio radical de mentalidad y de actitudes profundas, que luego se va manifestando en acciones nuevas, en una vida nueva. El Reino de Dios está cada vez más cerca. Nadie puede detenerlo. El juicio pende sobre nuestras cabezas, como el hacha sobre la raíz del árbol que va a ser cortado. De cada uno depende el que ese juicio dé paso a una conversión o a un endurecimiento irremediable.

Las lecturas que hoy escucharemos nos ayudan a descubrir los obstáculos con que16 vamos tropezando en nuestro diario caminar hacia el Padre y, a la vez, nos ofrecen la esperanza de convertir a Él nuestros corazones y encontrar así el camino hacia la justicia y la paz. Estos textos son una invitación a descubrir con alegría a Dios que está por llegar en Cristo Jesús. En medio del desierto de la historia resuena una palabra que nos llama a lo esencial de la fe, a la confianza y a la docilidad en el Señor. Hay que ponerse en marcha, hay que preparar “el camino del Señor”, a través de la escucha de la Palabra y de la conversión sincera. Hay que enfilarse hacia el Jordán para atravesarlo y sintonizar con la novedad de Cristo que llega. El Adviento nos invita a emprender un camino que coincide con el de la solidaridad con los que sufren y son despreciados, una peregrinación de fe y de esperanza que va anunciando un mundo nuevo.

17El profeta Isaías nos anima con un mensaje de consuelo y alegría que incorpora Juan el Bautista y que a nosotros nos llega en el segundo y tercer domingo de Adviento: «Una voz grita en el desierto: preparad los caminos del Señor, allanad sus senderos», lo que hace de ambos las personalidades propias de la liturgia del tiempo de Adviento: “Comienzo de la Buena Noticia de Jesús, Mesías, Hijo de Dios. Como está escrito en el libro del profeta Isaías: Mira, yo envío a mi mensajero delante de ti para prepararte el camino. Una voz grita en el desierto: Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos”, así se presentó Juan el Bautista en el desierto, proclamando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. Y proclamaba: «Detrás de mí vendrá el que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de ponerme a sus pies para desatar la correa de sus sandalias. Yo os he bautizado a con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo».(Mc 1, 1-8)

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Y de esta manera, Juan Bautista nos sale hoy al encuentro en el camino del Aviento, de la espera. Es un profeta que, en nombre de Dios, nos dice: “Convertíos. Preparar el camino del Señor”. Nos lo dice con su voz y con su vida entera;  para que la Palabra no se muera de frío, de soledad, para hacerla fuerte y creíble, Juan la arropa con su vida. Juan va hablando con su boca, sí, pero también con los ojos y con el corazón; con su manera de vestir y de comer; con la coherencia perfecta entre lo que dice y lo que hace, con su humildad que lo hace sentirse sólo voz: “el que viene detrás de mí puede más que yo, y yo no merezco ni llevarle las sandalias. Él os bautizará con espíritu Santo y fuego”. No sabemos si esa voz se perderá en el desierto, o si seremos capaces de acogerla estos días en medio de tanto despiste de compras y luces de neón que adornan la ciudad. No sabemos aún si, el día en que el Señor “aventará su parva”, seremos trigo para el granero o paja para la hoguera. Juan hizo lo que pudo. Lo demás, ya es cosa nuestra.

El Evangelio acomoda a Cristo el texto de Isaías, y así recibe su mejor cumplimiento. Juan15 vislumbra a lo lejos al que viene. Es mucho mayor que él, y ser su siervo es un privilegio codiciado. Es en verdad más poderoso: bautiza con el Espíritu Santo y fuego. ¿Qué entendió Juan con esta expresión? No resulta fácil. Por supuesto una actividad del Mesías muy superior a la suya en todo aspecto, en especial en lo que se refiere al juicio. Tiene en su boca un mar­cado tinte escatológico. Jesús obra en virtud del Espíritu Santo del que está totalmente po­seído. Alude en el fondo a la efusión del Espíritu Santo como tuvo lugar en el día de Pentecostés. Más al fondo, al bautismo cristiano, donde se nos confiere el mismo don de Espíritu. Ese es el verdadero fuego que consume, purifica, limpia, santifica y salva. Juan lo ha visto venir de lejos; Cristo lo trae en sus manos.

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Ahí está la Consolación: Cristo cura, Cristo sana, Cristo salva, Cristo lava los delitos, Cristo perdona las culpas, Cristo reconcilia con el Padre. Cristo confiere el don divino del Espíritu Santo. Somos renovados, somos transformados, somos hijos del Padre. Somos sus confidentes, somos sus amigos, somos herederos de su Gloria. Somos hacederos de su Reino. A todo eso llamamos Salvación y nos quedamos cortos. La Salvación opera ya, desde ahora, en forma admirable, pero el «Mañana», el Día Grande del Se­ñor, nos lo revelará por completo. Hay que prepararse: hay que convertirse y creer en el Evangelio.

19Pero, ¿qué es lo que esta persona ha de traer? Y éste es el mensaje del Segundo Domingo de Adviento: Cristo, la manifestación de Dios en carne, ha de traer la posibilidad de vivir una vida sumergida en la presencia del Espíritu de Dios. Como nos recuerda Juan el Bautista, “pero él os bautizará con Espíritu Santo”. Jesús nos invita a integrarnos en su camino, en la presencia del Espíritu Santo de Dios. Es éste el mensaje principal de hoy; que Dios ha de ofrecernos la oportunidad de ser sumergidos y sumergidas en la continua presencia del Espíritu. Hablando de allanar el camino del Señor, es una invitación a dejar los obstáculos en el camino, como las envidias, rencores, venganzas, enemistades. Situaciones que distraen nuestra misión como Iglesia.

73Cosa curiosa, la Buena Nueva que debe hacernos felices comienza con un llamamiento a la penitencia, a la conversión. Hay que volver. Hay que reconocer las propias culpas, hay que dejar los malos hábitos, hay que pedir perdón. La figura del heraldo es sintomática. Un hombre suelto y libre. Sin palacios, sin ropajes, sin adornos, sin ataduras de ninguna clase. Voz de Dios en el desierto. Una piel de camello, un cinturón, un puñado de saltamontes. Libre de toda traba y de todo impedimento. Todo un hombre.

22¿No es esto una buena lección? ¿Qué buscamos con tanto afán de este mundo que pasa? ¿Qué pretendemos llevarnos para ese «Mañana» radicalmente nuevo? ¿No nos comportaremos como unos tontos atiborrándonos de sanguijuelas que nos desangran? ¿No nos sucederá como a esos buitres que se hinchan de podredumbre y después no pueden volar? ¿Cómo vamos a ser la voz del Señor si nos tapamos la boca? Actual y cristiano: una vuelta a la sencillez y a la austeridad. ¿Qué camino está preparando Juan? Según el texto, viene tras de Juan “el que es más poderoso que yo, a quien no soy digno de desatar, agachado, la correa de su calzado…” (Marcos 1.7b). Juan es sólo la persona con la responsabilidad de preparar el camino, pero no es el camino. La manifestación de Dios no es Juan, sino alguien que viene tras de él y a quien Juan anuncia y señala; le debe honor.

¿Estamos haciendo lo necesario para preparar el camino que conduce a la74 manifestación de Dios en la persona de Jesús? ¿Hemos actuado con justicia y amor? ¿Hemos cultivado amistades en las comunidades en las que servimos? ¿Hemos tomado tiempo para callar y dejar que nuestras acciones de justicia y solidaridad sean nuestras voces? Es un llamado a experimentar la vida sumergida en la presencia continua del Espíritu de Dios. Siendo que el Adviento es el tiempo de espera por la manifestación de Dios en carne, ¿hemos experimentado tal manifestación en nuestras vidas a través del Espíritu? No hablamos aquí de expresiones emocionales, sino de una verdadera convivencia, diaria, en la presencia del Espíritu de Dios. Ésta es la manifestación continua de Cristo en nuestras vidas y la que nos ayuda a vivir como hijos e hijas de un Dios que aun hoy día se manifiesta y camina con su pueblo.

33¿Has escuchado su voz? Si es así, a ¿qué esperas?, grita, pregona, anuncia y vive esta buena noticia: ¡Dios viene para quedarse para siempre en tu corazón!  Por eso, la consolación y la misericordia de Dios constituyen el tema central de la liturgia de hoy. En medio de la aflicción, del dolor y la desesperanza de Israel resuena la palabra profética que anuncia de parte de Dios el final del exilio y el regreso a Jerusalén: un oráculo profético que pone de manifiesto la constante voluntad divina de liberar al hombre esclavo. Después del tiempo de la prueba y de la expiación del pueblo, Dios hace florecer en la historia un nuevo inicio. La figura de Juan Bautista marca también un nuevo comienzo en la historia. En el lugar de la muerte y de la tentación, en el desierto, resuena “una voz”. Es la palabra del Bautista que prepara y anticipa la llegada de la Palabra, evento que marcará el verdadero nuevo inicio de la creación y de toda la humanidad. Juan, en cierto modo, sintetiza y simboliza la esperanza y las aspiraciones de Israel y de toda la humanidad.

Que el Señor renueve nuestra esperanza y nuestras ganas de convertirnos y ser cada vez mejores en este tiempo de Adviento.

Para ir a las lecturas pincha en la imagen de abajo.

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