Estad prevenidos y firmes hasta el final. ¡Él viene, viene siempre!

2Estamos hoy en el primer domingo de Adviento, y con él comenzamos el Ciclo B. Durante todo un año el evangelio dominical lo tomaremos del texto de san Marcos, escrito entre los años 64 y 70 para cristianos que procedían del paganismo que desconocían las costumbres judías y que vivían en un clima de persecución. Como en todos los tiempos litúrgicos especiales, los textos de la palabra de Dios no siguen una lectura continuada, sino que presentan una selección que pretenden ayudarnos a conocer y asumir los objetivos del tiempo litúrgico del que se trata. Por eso, resulta interesante pararnos a analizarlas una por una, en especial en este primer domingo que nos presenta unos 65textos que nos advierten en primer lugar, que la llegada del final de los tiempos, tendrá un carácter repentino, como sin duda lo es la visita del ladrón; y en segundo lugar, una recomendación insistente: mantenerse en vela, perseverar y mantenerse firme haciendo la voluntad del Padre. Y siempre con la mirada de esperanza del que sabe que quien viene, “el dueño de la casa”, es Aquel que nos llama a participar en su vida.

La primera lectura es del libro de Isaías (63,16b-17.19b; 64,2-7), el texto del Antiguo Testamento más leído en la liturgia del tiempo del Adviento, y es también el más citado para mostrar que Jesús es el Mesías prometido y esperado por el pueblo. El texto de hoy reconoce a Dios como “Padre y Redentor”. Redentor es una de las posibles traducciones de go’el y se refiere a la responsabilidad de los parientes cercanos de pagar el rescate de quien se encuentra en la esclavitud o de recuperar las tierras que hubiere vendido por necesidad imperiosa. En el libro de Isaías se expresa que si Yahvé es realmente padre, está obligado a rescatar al pueblo de la Alianza que se encuentra en la esclavitud. Dios es el Padre de la Liberación. Por eso se le pide “Despierta tu poder y ven a22 salvarnos” (Salmo). Es un clamor, un grito, una sentida oración que nacía de lo más profundo del corazón de los angustiados, conscientes de la necesidad en que se encontraban, y acuciados por el dolor: «¡Señor, rompe los cielos y baja!».

Se sentían huérfanos y perdidos, y extendieron sus manos clamando al Padre por un Salvador. El Señor, fiel siempre a su palabra, no desoyó oración tan angus­tiosa; les envió el Salvador. Nosotros nos encontramos ciertamente en mejor situación que los antiguos. Cristo ya vino, y nuestra situación por eso ha mejorado considerablemente. Pero Cristo no ha venido definitivamente, y, también nosotros sentimos vivamente ante la considera­ción de nuestra propia flaqueza y miseria, ante la consideración de los males morales y físicos del mundo que nos rodea, injusticia, irreligiosidad, opre­sión, infidelidad, hambre y destrucción, la necesidad de que Dios se acerque más sensiblemente a nosotros. Con todo corazón debemos clamar: «¡Padre, Salvador nuestro, rompe los cielos y desciende!». La conciencia de que somos arcilla y barro, de que estamos manchados, de que la iniquidad nos rodea, debe acrecentar el volumen e insistencia de nuestra oración.

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El Salmo (79, 2ac.3b.15-16.18-18) continua esa invocación para que Dios nos visite y nos traiga la salvación. El aire de súplica domina el salmo. Basta fijarse en los imperativos: ¡restáuranos, vuélvete, fíjate…! La restaura­ción es, en cierto sentido, una nueva creación. Al Dios, Señor y Pastor, se le pide fervorosamente un acto bondadoso de su poder: la salvación. Y es que cuando la necesidad apremia, el grito salta espontáneo: ¡danos vida!  Vida que ha de consumirse en un esmerado y cordial servicio. Servicio fiel y afec­tuoso que es el sentido de la vida. Restáuranos y sálvanos. La salvación, pues, en forma de restauración. El pueblo ha de ser restaurado para vivir. La viña ha de gozar de los cuidados de su Señor para poder dar fruto. Y el fruto apetecido es “No nos alejaremos de ti”.

54La segunda lectura nos muestra cómo  Pablo quiere que los cristianos de Corinto (I Corintios 1,3-9) aprovechen el tiempo hasta el día de la venida de nuestro Señor Jesucristo, y hasta nosotros llega hoy su petición.  Dios es fiel, y su gracia mantiene firme a su pueblo para que lleguemos “irreprochables en el Día de la Venida de nuestro Señor Jesucristo” En él está nuestra confianza, nuestra firmeza y nuestra esperanza, y notemos de paso que cada una de las frases acaba con el nombre de Cristo. Cristo es, pues, el centro. Cristo, el Señor, domina toda la vida cristiana. Cristo es fuente de gracia y de riqueza: paz, alegría, dones en el hablar y en el saber. La misma existencia en Corinto de una comunidad floreciente es de por sí un testimonio irrecusable de la presencia salvadora de Cristo. La obra de la salvación ha comenzado.

Pablo nos asegura la realidad de los dones divinos en nosotros. Poseemos la Salvación; poseemos ya la Gracia. Dios está más cerca de nosotros. Dios se muestra más Padre. Dios nos ha llenado de dones, nos ha comunicado su Espíritu. Pero todo esto, aunque es para siempre por parte de Dios, no es definitivo en nuestras manos, esa riqueza no es absoluta, es sólo espera y participación en lo definitivo que se avecina: la manifestación de Cristo en glo­ria y majestad.  Nos cansamos, nos fatigamos y co­rremos el peligro de abandonarlo todo. Debemos reavivar la esperanza y no hay por qué inquietarse. Dios está a nuestro lado. El me­jor y más seguro testimonio, la presencia entre nosotros de su Hijo. El co­menzó la obra, él la llevará a cabo. ¡Dios es fiel! Dios nos dará fuerzas para permanecer fieles hasta el fin. Y el fin y destino no puede ser más soberano y glorioso: Participar en la vida de su Hijo, Jesucristo, Señor nuestro. Cristo es el Señor resucitado. Toda nuestra vida tiende a él.

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El evangelio que proclamamos al comienzo del Adviento, se puede resumir con sólo dos palabras: “¡Estad  prevenidos!”. Y allá en el lejano horizonte, en el límite de los tiempos, se perfila como segura, aunque borrosa, la Venida del Hijo del Hombre. Por medio de dos parábolas un tanto embrolladas, con recomendaciones similares a las que se desprenden de las parábolas leídas en los domingos anteriores, el Señor nos invita a reflexionar y ser conscientes de lo que será nuestro encuentro definitivo con Él: a) el hombre que se fue de viaje, dejando a cada criado una tarea (Mt 25, 14-30); y b) el dueño que se presenta de forma inesperada en la obscuridad de la noche (Mt 25, 1-13). La voz de Jesús se carga de seriedad para anunciar y amonestar, el gran acontecimiento: ¡el Señor viene! Puede que el término «noche» sugiera la condición actual -el mundo en tinieblas- en que se encuentra el hombre en espera de la luz del Señor que viene. Jesús quiere expresarnos tres ideas fundamentales para nuestra vida cristiana: que Él volverá, que no sabemos cuándo, y que, porque no sabemos ni el día ni la hora hemos de vigilar y estar en vela al principio, en medio y al fin.

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Las primeras generaciones cristianas vivieron obsesionadas por la pronta venida de Jesús. El Resucitado no podía tardar. Vivían tan atraídos por él que querían encontrarse de nuevo cuanto antes. A este propósito, el testimonio de las primeras comunidades cristianas resuena muy sugerente. Estas solían acompañar las celebraciones y las oraciones con la aclamación Maranathá, una expresión constituida por dos palabras arameas que, según cómo sean pronunciadas, se pueden entender como una súplica: «¡Ven, Señor!», o como una certeza alimentada por la fe: «Sí, el Señor viene, el Señor está cerca». Es la exclamación con la que culmina toda la Revelación cristiana (Ap 22,20). En ese caso, es la Iglesia-esposa que, en nombre de la humanidad, de toda la humanidad, y en cuanto su primicia, se dirige a Cristo, su esposo, deseando ser envuelta por su abrazo.

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Los problemas empezaron cuando vieron que el tiempo pasaba y la venida del Señor se demoraba. Pronto se dieron cuenta de que esta tardanza encerraba un peligro mortal. Se podía apagar el primer ardor, y aquellas pequeñas comunidades podían caer poco a poco en la indiferencia y el olvido. Les preocupaba una cosa: «Que, al llegar Cristo, nos encuentre dormidos». La vigilancia se convirtió en la palabra clave. Los evangelios la repiten constantemente: «vigilad», «estad alerta», «vivid despiertos». Según Marcos, la15 orden de Jesús no es sólo para los discípulos que le están escuchando. «Lo que os digo a vosotros lo digo a todos: Velad». No es una llamada más. La orden es para todos sus seguidores de todos los tiempos, en especial, quizás, para los dirigentes.

No podemos perder de vista el fin que nos espera. Todo será ganancia, todo será triunfo, si el Día aquel nos en­cuentra vigilantes. Todo en cambio, se convertirá en lamentable pérdida, si en aquel momento nuestra disposición es deficiente; es conveniente dirigir nuestras miradas hacia la Parusía, la vuelta gloriosa del señor, que es elemento integrante y esencial del Evangelio, del misterio de Cristo. También lo es la necesidad de 60esperarla vigilantes. Se avecina algo grande y definitivo: ¡Hay que esperarlo! Y esperarlo significa, en el con­texto en que nos encontramos, vigilar atentamente. Y vigilar es: estar con los brazos abiertos, con las manos extendidas, con el corazón latiendo, con el pensamiento vivo. Todo el hombre en acción: actuando los bienes que se nos han concedido y dando respuesta cumplida de ellos a la venida del Señor. Debemos ser auténticos siervos responsables, siervos que saben responder con su vida, en condición de tales, al soberano Señor. La amonestación va para todos.

Han pasado veinte siglos de cristianismo. ¿Qué ha sido de esta orden de Jesús? ¿Cómo vivimos los cristianos de hoy? ¿Seguimos despiertos? ¿Se mantiene viva nuestra fe o se ha ido apagando en la indiferencia y la mediocridad? ¿No vemos que la Iglesia necesita un corazón nuevo? ¿No sentimos la necesidad de sacudirnos la apatía y el autoengaño? ¿No vamos a despertar lo mejor que hay en la Iglesia? ¿No vamos a reavivar esa fe humilde y limpia de tantos creyentes sencillos? ¿No hemos de recuperar el rostro vivo de Jesús, que atrae, llama, interpela y despierta?9 ¿Cómo podemos seguir hablando, escribiendo y discutiendo tanto de Cristo, sin que su persona nos enamore y trasforme un poco más? ¿No nos damos cuenta de que una “Iglesia dormida” a la que Jesucristo no seduce ni toca el corazón, es una Iglesia sin futuro, que se irá apagando y envejeciendo por falta de vida?¿No sentimos la necesidad de despertar e intensificar nuestra relación con él? ¿Quién como él puede liberar nuestro cristianismo de la inmovilidad, de la inercia, del peso del pasado, de la falta de creatividad? ¿Quién podrá contagiarnos su alegría? ¿Quién nos dará su fuerza creadora y su vitalidad?

Adviento: Nos preparamos para la primera venida del Señor, sin perder de vista la segunda. O si se quiere, nos preparamos para ésta, mirando de cerca a la primera. La mejor preparación es la oración sentida e insistente. Clamemos y oremos con gemidos, confiados en la misericordia del Señor, Padre y Salvador nuestro: « ¡Señor, ven!». Pero estar vigilantes quiere decir no dormir, estar despiertos. Velar es vivir según la voluntad de Dios, siguiendo los pasos de Jesús. Jesús, en Getsemaní, dijo a los apóstoles que velaran y rogaran para no caer en la tentación. Sin miedo a ser exagerados se puede decir que la vida es una tentación continua. San Pedro dice que “el diablo, vuestro enemigo, ronda como león rugiente buscando a quien devorar” (1 Pe 5,8), y san Pablo: “Así, pues, quien presuma de mantenerse en pie, tenga cuidado de no caer” (1Co 10,12). Y el mismo Jesús nos hace decir en lo oración del Padrenuestro: “Y no nos dejes caer en la tentación” (Mt 6,13). Fácilmente caemos en la trampa. No perdamos los valores evangélicos, que sostienen la vida. Este será el mejor estado de vigilancia.

56“ÉL VIENE, VIENE SIEMPRE…¿No oíste sus pasos silenciosos? Él viene, viene, viene siempre. En cada instante y en cada edad, todos los días y todas las noches, Él viene, viene, viene siempre. He cantado en muchas ocasiones y de mil maneras; pero siempre decían sus notas: Él viene, viene, viene siempre. En los días fragantes del soleado abril, por la vereda florecida de los campos. Él viene, viene, viene siempre. En la oscura angustia lluviosa de las noches de julio, sobre el carro atronador de las nubes, Él viene, viene, viene siempre. De pena en pena mía, son sus pasos los que oprimen mi corazón, se acerca hasta mi vera como agua silenciosa, y el  dorado roce de sus pies es lo que hace brillar mi alegría. Porque Él viene, viene, viene siempre.” (Rabindranath Tagore)

Para ir a las lecturas pincha en la imagen.

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