Jesucristo es el Rey del Reino de Dios.

9Los evangelios nos facilitan una gran variedad de títulos aplicados a Jesús: Mesías, Elegido, Hijo del hombre, Rey de los judíos, Rey universal, Rey Justo… Nos vamos a fijar en el correspondiente a la fiesta que celebrábamos el pasado domingo: Jesucristo Rey del Universo, fiesta que celebra a Cristo que reina con su mensaje de amor, justicia y servicio, Rey de la creación, Rey bondadoso y sencillo que como pastor guía a su Iglesia peregrina hacia el Reino Celestial, y le otorga la comunión con este Reino para que pueda transformar el mundo en el cual peregrina.

Al cerrar el calendario litúrgico con esta fiesta, la Iglesia quiere resaltar una verdad de23 la fe que confesamos: Jesucristo es el centro de toda la historia universal. Él es el alfa y la omega, el principio y el fin, el Rey de Reyes y el Señor de Señores. La fiesta de la Anunciación, por empezar con el punto alfa, nos depara la oportunidad de oír al ángel Gabriel revelando a la Virgen María esta parte del Misterio: «Y el Señor Dios le dará el trono de David su padre, reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin» (Lc 1,33). Los Sinópticos, en cambio, ponen rumbo al punto omega de la vida temporal de Jesús, nos emplazan ante la Cruz, en el momento mismo de la Crucifixión, y a propósito de la causa escrita de su condena, cita textualmente: «Este es Jesús, el Rey de los judíos».

El himno de la carta a los Colosenses (1, 12-20) lo ratifica y lo extiende a todo el cosmos: 36Hijo querido de Dios, Rey, Imagen de Dios, Primogénito de toda criatura, Creador de todo lo que existe, Ca­beza de la Iglesia, Principio y primero en todo, Primogénito de entre los muertos, Plenitud, Reconciliador y pacificador de todo. El reino de Cristo es eterno y universal, es decir, para siempre y para todos los hombres y mujeres.  Y al apli­car a Cristo el título de Rey en el mo­mento de la crucifixión, debemos relacionar esa realeza con este aconteci­miento. El título pende, como Cristo, de la cruz. No podemos, pues, separar la cruz del tí­tulo de Cristo Rey. El himno de Pablo los relaciona ex­presamente: en la cruz pacificó todas las cosas. Sin olvidar que es ante Poncio Pilato, que le pregunta antes de condenarlo a muerte, “entonces, ¿tú eres rey?”, cuando Jesús le responde indirectamente que sí. (Jn 18, 37).

Así, la muerte de Cristo en la cruz es la expresión más real de su más incondi­cional25 obediencia al Padre y del más desinteresado amor a los hombres. Es la suprema prueba de amor a Dios y a los hombres que se pueda dar. Según la lectura evangélica, Jesús en la cruz no maldice, no protesta, no se resiste, no se queja. En todo obediente al Padre. Más aún, perdona, ruega el perdón, salva. ¿Quién ha amado tanto jamás? Por una parte, Jesús se mantiene fiel al Pa­dre en su oficio de Salvador -buscaba salvar lo que estaba perdido-; por otra, el amor a los enemigos es tal que no tiene comparación. Cristo es en ver­dad el Rey de la Misericordia. Toda la vida de Cristo fue así; la muerte es el remate. Cristo me­reció de este modo el puesto de Primero y Primo­génito de todo lo creado, de Pacificador y Dador de vida. En virtud de su sangre preciosa, canta la carta a los Colosen­ses, hemos recibido la redención y el perdón de los pecados.

0.jpgEs una celebración que marca el final del año litúrgico y que fue instituida por el Papa Pío XI el 11 de diciembre de 1925 con su encíclica “Quas primas” que conmemoraba un año Jubilar: el XVI centenario del I Concilio Ecuménico de Nicea, en el que fue definida la consubstancialidad del Hijo Unigénito con el Padre, además de ser incluidas en el Credo Apostólico las palabras “y su reino no tendrá fin”, promulgando así la real dignidad de Cristo. Su celebración quedó primero establecida en el domingo anterior a Todos los Santos, y posteriormente se movió la fecha de la celebración dándole un nuevo sentido, y así, desde el concilio Vaticano II cierra el año litúrgico y, generalmente, cualquier otro año especial que se celebre, como en los últimos tiempos el de la Fe o el de la Misericordia, resaltando la importancia de Cristo en nuestro vivir como Iglesia. Cristológico final este del Año litúrgico, sin duda, y cabría decir, en consecuencia, que el culmen del cosmos y de la historia no lo son tanto los novísimos (fiesta de Todos los Santos), cuanto, más bien, la Realeza de Cristo, esa que colma nuestra esperanza y da plenitud a nuestra fe.

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La Festividad de Cristo Rey re­cibe así un mejor emplazamiento y el relieve merecido en un año litúrgico en el que se ha ido meditando sobre todo el misterio de su vida, su predicación y su anuncio del Reino de Dios. La  profunda y compleja realidad de Cristo, analizada y contemplada a través del año en diversas facetas y misterios, desemboca así en la majestuosa figura de Cristo Rey. La festividad de hoy quiere recordarnos que nuestro caminar tiene un término feliz y glo­rioso: al fin de nuestra vida nos16 encontramos con Cristo Jesús, Rey y Se­ñor de todo lo creado. Cristo reina en las personas con su mensaje de amor, justicia y servicio.

El Reino de Cristo es eterno y universal, es decir, para siempre y para todos los hombres. Con evidente carga bíblica en el mensaje, y tratando de no perder comba, cabe añadir dos frases que los fieles repetimos hasta la saciedad: una es del Padrenuestro, cuando rogamos esperanzados: «Venga a nosotros tu reino» (Mt 6, 9-13; Lc 11, 1-4). La otra es la respuesta coral del pueblo de Dios al sacerdote que, terminado el Padrenuestro, concluye que el Señor nos libre de todos los males «mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo»: «Tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria, por siempre, Señor».

Después del pecado del hombre y la mujer, el mundo había quedado en completo desorden. La creación era una “descreación”; todo caminaba a la des­trucción y a la ruina. Dios ensaya, por amor a las criaturas, una nueva crea­ción que no tenga tro­piezo. La nueva creación está encabezada por Cristo. Toda la historia de la salvación conduce a maxresdefaultél. Dios lo tuvo presente, cuando comenzó a recrear el mundo. Su muerte ha colocado las cosas en su lugar. En primer lugar, ha unido al hombre con Dios, del que estaba separado por el pe­cado. Ha unido a los hombres entre sí, haciéndolos herma­nos entre sí e hijos de un mismo Padre. Las po­testades adversas, han sido sometidas a él. Los seres celestes, en enemistad con el hombre por su alejamiento de Dios, han sido paci­ficados. La nueva creación está en orden; lo estará para siempre, pues Cristo, el Señor, tiene poder sobre todas las cosas.

Por otra parte, coinciden fiesta de Cristo Rey y último domingo del año litúrgico; conviene por tanto no separar los temas que de ambos dimanan. No es por lo demás difícil unirlos, porque la fiesta de Cristo Rey tiene un sentido escatólogico, al evocar el final de la historia humana, cuando todo será glorificado en Jesucristo, el Rey Señor de la historia, y cuando el último enemigo a vencer, la muerte, sea sometida y ahí toda la creación encontrará su plenitud máxima en Aquél que hizo nuevas todas las cosas. Hay que mirar siempre al final, y éste10 se encuentra estre­chamente vinculado a la persona de Cristo. Cristo es el principio y el fin de todo, alfa y omega, que dirá el Apocalipsis. Si Dios no creó el mundo sino por Cristono pensó en otro al im­ponerle un fin, “todo fue hecho por él y para él” (Col 1, 17).

Afirmaciones de este tipo pueden encontrarse sin esfuerzo en el amplio campo del Nuevo Testa­mento. Al hablar, pues, del final del hombre y del fin del mundo, no puede uno menos que pensar en Cristo. Todo hay que referirlo a Él. Cristo es el Señor ante quien deben todas las criaturas doblar la rodilla; Cristo es el Rey a quien todos pertenecen; Cristo es el Juez ante quien todos han de rendir cuentas. Toda lengua se ve obligada a confesar que Él es el Cristo, el Señor de todo, sentado a la diestra de Dios, colocado por Él mismo para la salvación del mundo entero, “no hay otro nombre por cuya invocación se nos dé la salvación que éste de Cristo” (Hch 4,10-12).

22Sabemos que el Reino de Cristo ya ha comenzado, pues se hizo presente en la tierra a partir de su venida al mundo hace dos mil años, pero Cristo no reinará definitivamente sobre todos los hombres hasta que vuelva al mundo con toda su gloria al final de los tiempos, en la Parusía. De ahí, que más que sólo una fiesta litúrgica, por otra parte una de las fiestas más importantes del calendario litúrgico, es una profesión de fe en acto, un canto de esperanza, una invitación a iluminar la vida a la luz de Aquél que nos amó hasta dar su vida por nosotros. Por eso, celebrando la soberanía universal de Jesucristo, lo confesamos supremo Señor del cielo y de la tierra, de la Iglesia y de nuestras almas, y celebramos la consumación del proyecto de Dios en su realización plena, total y universal, el destino en el cual estamos implicados y hacia dónde vamos todos.

Jesús nos habla de las características de su Reino a través de varias parábolas en el capítulo 13 de Mateo. En ellas, Jesús nos hace ver claramente que vale la pena buscarlo y encontrarlo, que vivir el Reino de Dios vale más que todos los tesoros de la tierra y que su crecimiento será discreto, sin que nadie sepa cómo ni cuándo, pero es realidad y eficaz “es semejante a un grano de mostaza que uno toma y arroja en su huerto y crece y se convierte en un árbol, y las aves del cielo anidan en sus ramas”; “es semejante al fermento que una mujer toma y echa en tres medidas de harina hasta que fermenta toda”; “es semejante a un tesoro escondido en un campo, que quien lo encuentra lo oculta, y lleno de alegría, va, vende cuanto tiene y compra aquel campo”; “es semejante a un mercader que busca perlas preciosas, y hallando una de gran precio, va, vende todo cuanto tiene y la compra”.

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Pío XI dejó claro qué pretendía en aquellos «tiempos presentes» de 1925 con la institución de esta fiesta: «Y si ahora mandamos que Cristo Rey sea honrado por todos los católicos del mundo, con ello proveeremos también a las necesidades de los tiempos presentes, y pondremos un remedio eficacísimo a la peste que hoy inficiona a la humana sociedad. Juzgamos peste de nuestros tiempos al llamado laicismo con sus errores y abominables intentos; y vosotros sabéis, venerables hermanos, que tal impiedad no maduró en un solo día, sino que se incubaba desde mucho antes en las entrañas de la sociedad. Se comenzó por negar el imperio de Cristo sobre todas las gentes; se negó a la Iglesia el derecho, fundado en el derecho del mismo Cristo, de enseñar al género humano, esto es, de dar leyes y de dirigir los pueblos para conducirlos a la eterna felicidad. Después, poco a poco, la religión cristiana fue igualada con las demás religiones falsas y rebajada indecorosamente al nivel de éstas. Se la sometió luego al poder civil y a la arbitraria permisión de los gobernantes y magistrados. Y se avanzó más: hubo algunos de éstos que imaginaron sustituir la religión de Cristo con cierta religión natural, con ciertos sentimientos puramente humanos. No faltaron Estados que creyeron poder pasarse sin Dios, y pusieron su religión en la impiedad y en el desprecio de Dios» (Quas primas, 23).

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Quizás no serían las palabras que usaríamos hoy, a casi un siglo ya de todo aquello, pero no parece sino que, en tantas cosas, esta sociedad de hoy, de posmodernidad y globalización, estuviera respirando el mismo laicismo y desprecio por los valores del Reino de Dios que entonces, si es que no peor. ¿Qué se puede pensar de sociedades que todavía se siguen construyendo pensando que se puede vivir sin esos valores, y ponen su religión en forrarse a costa de los sufridos ciudadanos? ¿Y qué esperar de políticos entregados a la corrupción y a pisotear los derechos del hombre, empezando por el primero y más sagrado que es la vida? Lo más grave de las cosas que están pasando es que no acaben de pasar.

17Y lo peor de las que ya pasaron es que vuelvan a las andadas y tornen a heredarse como las olas; lo vemos ahora cuando se están poniendo al descubierto las triquiñuelas, tacañerías y falta de preparación en el oficio de los dirigentes de esta Europa que se dice cristiana cuando hay que celebrar bautismos, bodas, comuniones y funerales, o hay que sacar pecho con las manifestaciones religiosas populares, pero luego, a la hora de la verdad, se paraliza, sin apertura de alma ni generosidad de espíritu cuando se trata, por ejemplo, de atender las sucesivas oleadas de emigrantes y sus necesidades más básicas, o la indignidad de tantos trabajos que mantienen al empleado en situación de menesteroso.

Hay despreocupados políticos que contemplan con cierta preocupación cómo se derrumban las antiguas torres de poder, mientras procuran que no les caigan encima los cascotes y el ritmo de la vida se les haga un vivir sin vivir. Porque vivir consiste, según las malas artes de la mala política, en ponerse a salvo mientras a otros nos impiden salvarnos. Y para terminar de complicarlo más, en esto que llega Donald Trump y pilla completamente desprevenidos, o con el paso cambiado, a la mayoría de los humanos, con insultos desmedidos a la razón humana en su postura ante los derechos de los más desafortunados, sus vallas y demás desbarajustes.0 0 0 0.jpg

Por eso, ¡Benditos los que creen no sólo que el mundo tiene remedio, sino quienes están convencidos de que son ellos los llamados a remediarlo!  Pues si los que manejan el dinero y el poder resultan incapaces de arreglar lo que parece no tener arreglo después de tantos fallidos proyectos, evidentemente por intereses creados, cobra sentido la construcción de un mundo nuevo orientado por los valores y criterios expresados por Jesús. La sociedad de hoy, aunque no lo admita, sigue necesitando la presencia del único Salvador que puede conseguir “ese cielo nuevo y esa tierra nueva” (Apocalipsis 21:1).

En la fiesta de Cristo Rey celebramos que Cristo puede empezar a reinar en nuestrosarticulos-230273 corazones en el momento en que nosotros se lo permitamos; de este modo, vamos creando, desde ahora, el Reino de Cristo en nosotros mismos y en donde vivimos, trabajamos, estudiamos o jugamos, y así el Reino de Dios puede hacerse presente ya en nuestra vida. De esta forma vamos instaurando desde ahora el Reino de Cristo en nosotros mismos y en nuestros hogares, empresas y ambientes. La posibilidad de alcanzar el Reino de Dios fue establecida por Jesucristo, al dejarnos el Espíritu Santo que nos concede las gracias necesarias para lograr la Santidad y transformar el mundo en el amor.

C48E5CE4-7236-4C6B-94FE-18DF69ACE870_cx0_cy6_cw0_w1023_r1_sÉsa es la misión que le dejó Jesús a la Iglesia que tiene el encargo de predicar y extender el reinado de Jesucristo entre los hombres. Su predicación y extensión debe ser el centro de nuestro afán como miembros de la Iglesia. Se trata de lograr que Jesucristo reine en el corazón de los hombres, en el seno de los hogares, en las sociedades y en los pueblos. Con esto conseguiremos alcanzar un mundo nuevo en el que reine el amor, la paz y la justicia y la salvación eterna de todos los hombres. Para lograr que Jesús reine en nuestra vida, en primer lugar debemos conocer a Cristo. La lectura y reflexión del Evangelio, la oración personal y los sacramentos son medios para conocerlo y de los que se reciben gracias que van abriendo nuestros corazones a su amor. Se trata de conocer a Cristo de una manera experiencial y no sólo teológica. Al conocer a Cristo empezaremos a amarlo de manera espontánea, porque Él es toda bondad.

0 0 0El otro paso es imitar a Jesucristo que no es el Rey de un mundo de miedo, mentira y pecado. Él anuncia la Verdad y esa Verdad es la luz que ilumina el camino amoroso que Él ha trazado, el camino hacia el Reino de Dios. Se puede pensar que sólo se llegará al Reino de Dios luego de pasar por la muerte pero la verdad es que el Reino ya está instalado en el mundo. El amor nos llevará casi sin darnos cuenta a pensar como Cristo, querer como Cristo y a sentir como Cristo, viviendo una vida de verdadera caridad y autenticidad cristiana. Cuando imitamos a Cristo conociéndolo y amándolo, entonces podemos experimentar que el Reino de Cristo ha comenzado para nosotros.

Entonces vendrá el compromiso apostólico que consiste en llevar nuestro amor a la0 0 acción de extender el Reino de Cristo a todos con  obras concretas de apostolado. No nos podremos detener y nuestro amor comenzará a desbordarse. Dedicar nuestra vida a la extensión del Reino de Cristo en la tierra es lo mejor que podemos hacer, pues Cristo nos transmitirá su alegría y paz, profundas e imperturbables en todas las circunstancias de la vida. A lo largo de la historia hay innumerables testimonios de cristianos que han dado la vida por Cristo como el Rey de sus vidas. La fiesta de Jesucristo Rey del Universo, al finalizar el año litúrgico es una oportunidad de imitar a estos mártires promulgando públicamente que Cristo es el Señor de nuestras vidas, el Rey de reyes, el Principio y el Fin de todo el Universo.

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