Los Profetas del Antiguo Testamento I. Su significado.

14En toda la Biblia, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, se refleja este importante hecho histórico y teológico del profetismo. Profeta es una voz griega, “propheroi”, y designa al que habla por otro, en lugar de otro, en nombre de otro; equivale, en cierto sentido, a “intérprete” o “portavoz”. Por tanto, el profeta es el portavoz de Dios, pero también es portavoz de la conciencia de un pueblo.  Junto a denominaciones metafóricas como vigía, atalaya, centinela, pastor, siervo de Dios, hombre de Dios, ángel de Dios (Is 21,1; 52, 8; Ez 3,17; Jer 17,16; II Re 4,25; 5,8; Is 20,3; Am 3,7; Ag.1,13), en hebreo se designa al profeta con dos nombres muy significativos: El primero es “nabí” que significa “extático”, “inspirado”, a saber por Dios. El otro nombre es “roéh” o “choséh” que quiere decir “el vidente”, el que ve lo que Dios le muestra en forma de visiones, ensueños, etc., ambos términos expresan la idea de que el profeta es instrumento de Dios, hombre de Dios que no ha de anunciar su propia palabra sino la que el Espíritu de Dios le sopla e inspira.

Según I Re 9,9, el “vidente”, el precursor de los profetas, desarrolla su misión en forma de13 “visión” e iluminación interna, mientras que más tarde, ante todo en las “escuelas de profetas”, se cultivaba el éxtasis, señal característica de los profetas posteriores que precisamente por eso son llamados “nabí”. Ellos fueron el centro de los tratos del Señor con su pueblo, y tan bien establecida estaba esta relación que uno de ellos dijo: “Porque no hará nada Yahvéh el Señor, sin que revele su secreto a sus siervos los profetas” (Amós 3,7). Pero el profetismo no es una experiencia exclusiva del pueblo de Israel, sino un fenómeno compartido ampliamente por los demás pueblos del Próximo Oriente. En algunas ocasiones hubo al mismo tiempo más de un profeta en Israel, y a veces hubo muchos. Por ejemplo, Oseas, Isaías, y Miqueas vivieron en la misma época, en la que se dirigieron a grupos diferentes. La duda acerca de si un profeta tenía autoridad sobre los demás (si es que alguno la tenía) no puede ser resuelta porque la información existente es insuficiente.

15De todo esto podríamos decir que profeta es un vidente inspirado por Dios, el que recibe revelaciones e inspiraciones del Señor que pueden ser explicaciones de verdades que ya se han recibido o nuevas verdades que no se conocían. Como un profeta es el hombre que recibe revelaciones del Señor, los títulos “vidente y revelador” amplían el sentido del título “profeta”; pero en el transcurso del tiempo la palabra “profeta” ha llegado a significar, tal vez principal y erróneamente, “adivino”, y se ha considerado que la tarea principal del profeta es la de predecir acontecimientos futuros, dar voz al futuro… pero esto es solamente una de las varias funciones de su llamamiento, y no la principal, pues aunque los profetas sin duda pensaban mucho en el futuro del Señor, la mayor parte de la obra que desarrollaron entre sus contemporáneos fue de naturaleza práctica y de acuerdo con la época. De lo cual se deduce que el predecir las cosas futuras no ha sido la única tarea del profeta; ni siquiera la principal, pues no eran adivinos como algunos suponen, pero sí anunciaban las calamidades que se aproximaban si no se obedecía a las demandas de Dios, y sobre todo el futuro mejor del Reino de Dios. Incluso hay profetas que no dejaron vaticinios sobre el porvenir, sino que se ocupaban exclusivamente del tiempo en que les tocaba vivir.

Eran, en primer lugar, maestros, y guías del pueblo. Eran expositores de la verdad, y18 era su derecho y responsabilidad aconsejar; mostraban que el camino hacia la felicidad humana es la obediencia a la voluntad divina; llamaban al arrepentimiento a los que se apartaban de la verdad, apoyando el plan de salvación del Señor. Pero todos, y en esto estriba su valor, eran portadores de un mensaje del Señor que hierve en su pecho y debe exponerlo, anunciadores de los secretos de Yahvé, como lo expresa Amós: “El Señor no hace estas cosas sin revelar sus secretos a los profetas siervos suyos” (3, 7). El Espíritu del Señor los arrebataba, irrumpía sobre ellos y los empujaba a predicar aún contra la propia voluntad (Is 6; Jer 1, 6). Tomaba a uno que iba detrás del ganado y le decía: “Ve, profetiza a mi pueblo Israel” (Am 7, 15); sacaba a otro de detrás del arado (I Re 19,19 ss.), o le colocaba sus palabras en la boca y tocaba sus labios (Jer 1,9), o le daba sus palabras literalmente a comer (Ez 3,3). El mensaje profético no es otra cosa que “Palabra de Yahvé”, “oráculo de Yahvé”, “carga de Yahvé”, un “así dijo el Señor”. La Ley divina, las verdades eternas, la revelación de los designios del Señor, la gloria de Dios y de su Reino, la venida del Mesías, la misión del pueblo de Dios entre las naciones, he aquí los motores de los profetas de Israel.

17En el antiguo Israel, Dios llamó profetas por la misma razón por la que los llama hoy día, para una misión especial y particular, la de ser vidente porque ve con ojos espirituales y percibe el significado de lo que a otros les parece incomprensible y bajo inspiración lo explica al entendimiento del hombre. Por lo tanto, es intérprete y clasificador de la verdad eterna. Él ve el futuro desde el pasado y desde el presente. Esto es mediante el poder del Señor que obra a través de él, directa o indirectamente con la ayuda de instrumentos divinos tales como el Urim y Tumin, antiguos objetos israelitas que fueron, de hecho, usados en el antiguo Israel como un medio para recibir revelaciones de Dios. En pocas palabras, es uno que ve, que anda en la luz del Señor con los ojos abiertos. Se torna en luchador para que se cumplan los propósitos del Señor con respecto a la familia humana. El propósito de su vida es apoyar el plan de salvación del Señor. Esto lo hace mediante íntima comunión con Él, hasta estar ‘lleno del Espíritu de Yahvéh” (Miqueas 3,8).

El profeta debe ser llamado de Dios a fin de que pueda predicar el mensaje y 16administrar sus ordenanzas. ¡Dios debe elegirlo como su profeta!, no es el hombre quien elige a Dios. Al estilo de lo que dijo Jesús a sus apóstoles: “No me elegisteis vosotros a mí sino que yo os elegí a vosotros, y os he puesto para que vayáis y deis fruto…’ (Juan 15,16). El profeta, entonces, es el representante autorizado del Señor. Aunque el mundo no lo reconozca, el requisito imprescindible es que Dios hable a través de él. Consideraban su mensaje como un oráculo de Dios y lo anunciaban con la confianza y la seguridad que era Palabra de Dios. Se consideraban ungidos por Dios para su misión ante el pueblo.

19En cuanto al modo en que se producían las profecías, hay que notar que la luz profética no residía en el profeta en forma permanente (II Pedro 1, 20 ss), sino a manera de cierta pasión o impresión pasajera. Consistía, en general, en una iluminación interna o en visiones, a veces ocasionadas por algún hecho presentado ante la vista espiritual del profeta. Así, por ejemplo, en Dan. 5, 25 por palabras escritas en la pared; una olla colocada al fuego (Ez. 24, 1 ss.); los huesos secos que se cubren de piel (Ez. 37, 1 ss.); el gancho que sirve para recoger fruta (Am. 8, 1); la vara de almendro (Jer. 1, 11); los dos canastos de higos (Jer. 24, 1 ss.), etc., símbolos todos éstos que manifestaban la voluntad de Dios. Pero no siempre ilustraba Dios al profeta por medio de actos o símbolos, sino que a menudo le iluminaba directamente por la luz sobrenatural de tal manera que podía conocer por su inteligencia lo que Dios quería decirle (por ejemplo, Is. 7, 14).

A veces el mismo profeta encarnaba una profecía. Así, por ejemplo, Oseas debió por20 orden de Dios casarse con una mala mujer que representaba a Israel, simbolizando de este modo la infidelidad que el pueblo mostraba para con Dios. Y sus tres hijos llevan nombres que asimismo encierran una profecía: “Yisreel”, “No más misericordia”, “No mi pueblo” (Os. 1). El profeta auténtico subraya el sentido de la profecía mediante su manera de vivir, llevando una vida austera, un vestido áspero, un saco de pelo con cinturón de cuero (II Re 1, 8; 4, 38 ss.; Is 20, 2; Zac 13, 4; Mt 3, 4), viviendo solo y aun célibe, como Elías, Eliseo y Jeremías.

21Pero no todos los profetas son de Dios, y no faltó en Israel la peste de los falsos profetas que arrastran a la gente hacia otros dioses (véase Deuteronomio 13). Los inicuos profetas de Baal eran personas destacadas en Jerusalén durante el reinado de Acab. Oficiaban en la pervertida religión cananea y gozaban del apoyo de Jezabel, esposa de Acab. El profeta de Dios se distingue del falso por la veracidad y por la fidelidad con que transmite la Palabra del Señor. Aunque tiene que anunciar a veces cosas duras, “cargas”, está “lleno del espíritu del Señor, de justicia y de constancia, para decir a Jacob sus maldades y a Israel su pecado” (Miq 3,8). El falso, al revés, se acomoda al gusto de su auditorio, habla de “paz”, es decir, anuncia cosas agradables, y adula a la mayoría, porque esto se paga bien. El profeta auténtico es universal, predica a todos, hasta a los sacerdotes; el falso, en cambio, no se atreve a decir la verdad a los poderosos, es muy nacionalista, por lo cual no profetiza contra su propio pueblo ni lo exhorta al arrepentimiento. Los verdaderos profetas del Señor tuvieron que competir con otros profetas falsos a fin de merecer la atención del pueblo, y en el caso de Elías, fue necesaria una demostración sobrenatural para convencer a la gente de que los profetas de Baal no eran dignos de confianza. Tal vez todos los profetas verdaderos tuvieron que contender constantemente con los falsos (Jeremías 23,13-17).

Un ejemplo clásico de confrontación entre los profetas falsos y los verdaderos22 se encuentra en 1 Reyes 22. Los reyes de Judá e Israel habían unido sus fuerzas para luchar contra los sirios, y Acab sugirió a Josafat que fueran juntos a tomar la ciudad de Ramot. Josafat solicitó la opinión de los profetas de Acab, y todos ellos aconsejaban ir a la batalla. Josafat presionó a Acab diciendo: “¿Hay aún aquí algún profeta de Yahvéh para que consultemos por medio de él?” (v. 7), y se le dijo que había uno y que era Miqueas. Pero Acab lo odiaba y dijo: “Nunca me profetiza bien, sino mal” (v. 8). Llamaron a Miqueas, y el mensajero de Acab le advirtió: “Las palabras de los profetas (de Baal) a una sola voz anuncian al rey cosas buenas; sea ahora tu palabra conforme a la palabra de ellos, y anuncia también buen éxito” (v. 13). Y Miqueas dijo: “Vive Yahvéh, que lo que Yahvéh me hable, eso diré” (v. 14). Aunque ponía en peligro su propia vida, habló la verdad. Varios de ellos murieron martirizados como Isaías. Otros fueron llevados por Dios como Moisés y Enoc. En cambio, los falsos dijeron lo que agradaba al rey y aquello que servía para mantener su propio lugar en la corte.

Otros textos para obtener un entendimiento más completo en cuanto a la existencia de profetas falsos en la época del Antiguo Testamento son, Deuteronomio 18,20; Isaías 9,15-16; 28:7; Jeremías 2,8; 5,31; 23,9, 11, 16; 27,15; 28,15; Lamentaciones 2,14; Ezequiel 22,25; Miqueas 3,5, 11; Zacarías 10,2.

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