Nunca digas no sé, no valgo, no puedo. La pobreza no es excusa para enterrar la vida.

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Al aproximarse el final del Año Litúrgico, la Liturgia nos invita a la responsabilidad libre  y activa con una llamada al trabajo, a la creatividad, al riesgo, a la valentía. En este domingo XXXIII escuchamos la conocida “parábola de los talentos” en la versión del Evangelio de san Mateo. Aquel hombre que se iba al extranjero les dejó unos “talentos” de plata a sus empleados, y cada uno de ellos les sacó partido menos uno, que escondió el suyo por miedo. La parábola de hoy nos enseña que la esperanza ha de ser activa. No cree de verdad quien no produce los frutos de la fe. Y no espera de verdad quien aguarda pasivamente un futuro que sí, es don de Dios, pero que ha de ser preparado con nuestro trabajo paciente y tenaz de cada día.

22También la Carta a los tesalonicenses, segunda lectura, formula unas cuantas exhortaciones importantes relativas al final de los tiempos. Para el apóstol san Pablo no es oportuno ocuparse de hacer cálculos para pronosticar la fecha del fin, porque ese conocimiento es inalcanzable; lo que tiene sentido es vivir con la máxima entrega, dedicándose a realizar los compromisos derivados de la propia vocación. El cristiano no se evade de los desafíos históricos, porque vive de la esperanza y ésta lo empuja a buscar la finalización positiva de la historia humana. No vivimos en medio del caos, al contrario, el Padre nos ha encargado pastorear la naturaleza y solidarizarnos con nuestra comunidad humana, viviendo en libertad. Es lo mismo de lo que nos habla hoy Jesús en la parábola que se proclama en la Eucaristía.

14 0 Mateo sigue con sus amonestaciones, porque estamos en el tiempo de colaborar en la construcción del Reino, antes de que llegue el tiempo escatológico que lo instaurará definitivamente, y que aquellos cristianos creían cercano. Cada uno debe tomar la parte de responsabilidad que le corresponde y no defraudar ni a Dios ni a los demás. En tiempo de Mateo, ya muchos se hacían cristianos no por convicción, sino para vivir del cuento, sin dar golpe. Es curioso que las tres parábolas de este capítulo 25 hagan referencia a omisiones, a la hora de ponderar las consecuencias de nuestras actitudes, y el que no arriesga el dinero, no lo hace por holgazanería o comodidad, sino por miedo. El siervo inútil no derrocha la fortuna del amo. Simplemente no hace nada. Debería hacernos pensar que se condene tan severamente a uno por no hacer nada; y en nuestras comunidades, predomina el miedo, que no nos deja poner en marcha iniciativas que supongan riesgo de perder seguridades; pero con esa actitud, se está cercenando la posibilidad de llevar esperanza a muchos desesperados.

Algunos puntos de la parábola necesitan aclaración, porque durante mucho tiempo se ha interpretado la parábola materialmente, creyendo que nos invitaba a producir y 60acaparar bienes materiales. De esta interpretación nace el capitalismo salvaje en Occidente, que nos ha llevado a desigualdades sangrantes que no hacen más que crecer incluso en plena crisis. Una vez más, hemos utilizado el evangelio  en contra del mensaje de Jesús. Quizás la versión de Lucas es más oportuna, ya que todos los empleados reciben lo mismo, y evita despistarnos con las cábalas sobre el sentido de las cifras: la diferencia está en la manera de responder y no en las matemáticas financieras. Además sería insuficiente interpretar “talentos” como cualidades de la persona. Esta interpretación es la más común y ha quedado sancionada por nuestro lenguaje. ¿Qué significa tener talento? Tampoco es éste el verdadero planteamiento de la parábola. En el orden de las cualidades, también estamos obligados a desplegar todas las posibilidades, pero siempre pensando en el bien de todos y no emplear la mayor inteligencia, el mayor ingenio, la mayor habilidad o preparación, para acaparar más y desplumar a los menos capacitados. Y lo que es peor, dando gracias a Dios por ser más listos, ingeniosos, o hábiles que los demás.

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Si nos quedamos en el orden de las cualidades, podríamos concluir que Dios es injusto, porque ha dado más a unos que a otros. No es en ese ámbito donde está la valoración. Lo que se juzga no son las cualidades, sino el uso que yo hago de ellas. Tenga más o menos, lo que se me pide es que lo ponga, no al servicio de conseguir todo lo que pueda tener, que no puede ser nuestra principal preocupación, sino al servicio de mi auténtico ser, de todo lo que constituye al hombre como tal y, por tanto, al servicio de todos: ya sabemos que ser más humano significa ser capaz de amar más. En este orden del ser, todos somos exactamente iguales. Cuando percibimos diferencias es que estamos sobrevalorando lo accidental, eso material de tener o no tener. En el orden del ser, todos tenemos el mismo talento, las mismas posibilidades infinitas. Las bienaventuranzas lo dejan muy claro: por más carencias que tengas puedes alcanzar la verdadera felicidad.

15Y he aquí que los talentos no son las cosas que podamos tener, sino esos bienes esenciales de la persona que debemos descubrir en nosotros. La parábola del tesoro escondido es la mejor pista. Somos un tesoro de valor incalculable. La primera obligación de un ser humano es descubrir esa realidad. La “buena noticia” sería que todos pusiéramos ese tesoro al servicio de los demás. En eso consistiría el Reino predicado por Jesús. El relato del domingo pasado, el de hoy y el del próximo, terminan prácticamente igual: “Entraron al banquete de boda…”, “Pasa al banquete de tu señor”, “Heredad el Reino…”. Banquete y Reino son símbolos de plenitud. En la primera carta a Timoteo (4,14-15) se habla de que “no descuides el don que hay en ti”, que nuestro deber es ocuparnos y permanecer en ello, para que su aprovechamiento se manifieste a todos. Más adelante nos habla de que haciendo esto, te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren. Esto significa que los dones no son para perder el tiempo sino un arma evangelizadora.

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La parábola nos está hablando de una dinámica de progreso, de evolución constante hacia lo no existente, mejor dicho, hacia lo no descubierto todavía. El gran pecado del hombre es negarse a caminar. El ser humano tiene que estar volcado hacia su interior para poder desplegar todas sus posibilidades. Todo el pasado del hombre (y de la vida) no es más que el punto de partida, la rampa de lanzamiento hacia mayor plenitud. La tentación está en querer asegurar lo que ya tengo, enterrar el talento. Tal actitud no demuestra más que falta de confianza en uno mismo y en la vida, y por lo tanto, en Dios. Lo que tenemos que hacer es tomar conciencia de la riqueza que ya tenemos. Unos no llegamos a descubrirla y otros la escondemos. El resultado es el mismo. No es nada fácil, porque nos han repetido hasta la saciedad, que estamos en pecado desde antes de nacer, que no valemos para nada. La única salvación posible tiene que venirnos de fuera. Lo malo es que nos lo seguimos creyendo. El relato del camello que se negaba a moverse porque se creía atado a la estaca, aunque no lo estaba, o el del león que vivía con las ovejas como un borrego más sin enterarse de lo que era, son el mejor ejemplo de nuestra postura.

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Todo afán de seguridades, sean materiales o sean espirituales, nos aleja del mensaje de Jesús. Así, todo intento de alcanzar verdades absolutas y normas de conducta inmutables, que nos dejen tranquilos, carece de sentido cristiano. Ninguna idea que tengamos de Dios puede ser definitiva; hace siempre referencia a algo mayor. Estamos aquí para evolucio­nar, para que la vida nos atraviese y salga de nosotros enriquecida. El miedo no tiene sentido, porque la fuerza y la energía no la tenemos que poner nosotros. Nuestro objetivo personal debería ser que al abandonar este mundo, lo dejáramos un poquito mejor que cuando llegamos a él. Bien entendido que mejorar el mundo es hacerlo más humano.

Porque la actitud del señor de la parábola no puede ser ejemplo de lo que hace Dios con los que no cumplen. Pensemos en la parábola del hijo pródigo que después de la que armó, es tratado por el Padre de una manera completamente diferente. Quitarle al que tiene menos lo poco que tiene para dárselo al que tiene más, tomado al pie de la letra, sería impropio del Dios de Jesús. Dios no tiene ninguna necesidad de castigar. El que escondió el talento ya se ha privado de él haciéndolo inútil para él mismo y para los demás. Es algo que tendríamos que aprender también nosotros.

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Finalmente es también muy interesante constatar que, tanto el que negocia con cinco, como el que negocia con dos, reciben exactamente el mismo premio. Esto indica que en ningún caso se trata de valorar los resultados del trabajo, sino la actitud de los empleados. En una cultura en la que todo se valora por los resultados, es muy difícil comprender esto. En un ambiente social donde nadie se mueve si no es por una paga, donde todo lo que se hace tiene que reportar algún beneficio, es casi imposible comprender la gratuidad que nos pide el evangelio. Si necesito premio es que no entendí nada.

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Por tanto, la enseñanza de la parábola es muy clara para nosotros también: Dios nos ha dado gratuitamente unas vidas no para esconderlas, sino para que den fruto, y que de ese fruto se puedan beneficiar todos. No son nuestros méritos, sino su gracia y su misericordia la que hace que podamos sacarles partido y ponerlas al servicio del bien de todos. No nos crucemos de brazos. La vida del cristiano nunca es un dormirse en los laureles o mirar para otro lado, contentándose de lo que ya uno es o puede hacer. El Señor anima a los que lo siguen a poner su granito de arena para ir colaborando en el crecimiento del Reino de Dios entre nosotros. Por cierto, analiza tu jornada: ¿Qué has hecho hoy? ¿Qué fruto has producido? ¿Cuántas veces has dejado de vivir lo que debías?  Lo que no hayas vivido, te lo has perdido.

Para ir a las lecturas pincha en la imagen inferior.

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