Del “cuánto te quiero perrito pero de pan poquito”. Jesús denuncia la hipocresía: es más fácil predicar que dar fruto.

10 0En el Evangelio de este domingo, aunque se omiten sus expresiones más duras, nos encontramos sin duda ante una de las páginas más “incómodas” del evangelio de Mateo. Las imágenes que se manejan en estos sermones de Jesús, al igual que en sus parábolas, pueden resultar hoy un poco extrañas, porque no pertenecen a nuestro entorno cultural, pero el objetivo que pretenden de despertar, en los lectores del Evangelio, la ilusión por desarrollar sus propias capacidades positivas, como forma de vivir despiertos y no adormilados, y de estar dispuestos en todo momento a echar una mano a quienquiera que lo necesite, siguen vigentes. Hoy, en concreto, se nos ofrecen tres criterios que nos pueden ayudar a reflexionar sobre nuestro ser y nuestro modo de proceder: el criterio de la coherencia, el del espíritu de servicio y el de la humildad y centralidad de Jesús.

Jesús advierte en este pasaje sobre el mal ejemplo que dan los maestros de la Ley y los5 fariseos con su conducta incoherente, y pide al pueblo que descubra su falsedad. Jesús alude al hecho de que algunos maestros de la ley de su época utilizaban la religión para su propio prestigio, promocionarse y oprimir al prójimo, para tranquilizar sus conciencias sin comprometerse en nada,  y lo que es un servicio, convertirlo en un centro de poder desde donde dominar a los demás. Además, en la aplicación a sus seguidores, este pasaje añade que el contenido de nuestra predicación no puede ser otro que el Señor Jesús; él es el camino, la verdad y la vida. Pero cuando perdemos el norte, empezamos a creer que los frutos de la misión evangelizadora se garantizan por nuestras capacidades intelectuales, nuestra creatividad pastoral y nuestros talentos para relacionarnos con las personas. Cuando esto pasa, nos volvemos el centro y desplazamos a Jesús convirtiéndolo en el pretexto para anunciarnos a nosotros mismos y buscar nuestra gloria. Nosotros hoy nos fijaremos para nuestra reflexión en el primero de ellos, la coherencia, dejando los otros dos para mejor ocasión.

También el profeta Malaquías, primera lectura, en el siglo V antes de Cristo, lanza un duro ataque a los sacerdotes de su época, porque no se preocupan por la gloria de Dios sino por la suya propia, lo mal que realizan el culto, y el mal ejemplo que dan en su vida. A estos malos sacerdotes se les dirige un fuerte reproche: “les enviaré mi maldición… los haré despreciables y viles ante el pueblo” Con sus interpretaciones de la Ley vacían el contenido de la Alianza y hacen tropezar a muchos, entre otras cosas, porque hacen acepción de personas. Ante este error, el profeta los increpa: “¿no tenemos todos un solo Padre? ¿no nos creó el mismo Señor?”. Por tanto, no deberíamos hacer distinción de personas a la hora de aplicar la Ley. Parece que quisiera decirnos que lo fundamental es que por dentro seamos justos, leales y de buen corazón.

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San Mateo, que dirige su evangelio especialmente a los judíos que se habían convertido, seguramente está comprobando cómo entre los nuevos cristianos se habría filtrado la manera hipócrita de actuar de los fariseos, que no solían ser los jefes o principales responsables de la religión. Éstos solían ser los saduceos, entre los que se encontraban los principales sacerdotes. Los fariseos eran grupos de personas “cumplidoras de la Ley”, a quienes la gente les tenía como modelos a seguir. El problema es que eran hipócritas. Aparentaban que cumplían por fuera; pero su corazón estaba pervertido. Por eso, Mateo recuerda, más que otros evangelistas, palabras de Jesús que van en contra de esta hipocresía farisaica. Todo esto nos indica lo grave que era para Jesús la actitud de los fariseos, actitud que se nos puede pegar a nosotros.

Muchas veces, nuestros discursos se vienen abajo cuando no están respaldados con nuestra vida. Esta unidad indisoluble entre la palabra que se pronuncia y la vida la recoge bellamente la expresión atribuida a San Francisco de Asís: “predica el Evangelio en todo momento y, si es necesario, usa las palabras”. Jesús no critica aquí a impíos, ateos o gente de vida licenciosa, sino a algunos de los más piadosos y cumplidores de su época, a algunos fariseos y escribas (tampoco todos, naturalmente), que serían como un prestidigitador que hace maravillas con las bolas de colores en sus manos, y, acabado el espectáculo, guarda en una bolsa o en un armario las bolitas hasta la próxima función.

Podemos distinguir dos partes en este pasaje del Evangelio. En la primera se censura el comportamiento de los líderes espirituales del pueblo, pero Jesús no niega la legitimidad de sus enseñanzas, sino la incoherencia de sus obras: “no hacen lo que dicen”. Por eso dice que se debe seguir lo que ellos dicen, pero como son hipócritas o falsos, que no se haga lo que ellos hacen. Su hipocresía se manifiesta en la inflexibilidad a la hora de exigir a otros el cumplimiento de normas y preceptos que ni ellos mismos viven, poniendo “fardos pesados e insoportables”, mientras que ellos “no están dispuestos a mover un dedo para empujar”; en contraposición, el yugo y la carga de Jesús son llevaderos (Mt 11,28-30). Y también se manifiesta esa hipocresía en que la motivación de su práctica religiosa no está centrada en agradar a Dios sino en su deseo de aparentar y dominar al pueblo, pretendiendo falsamente hacerle un bien.

Jesús va delatando esa hipocresía con hechos concretos, como por ejemplo alargar las filacterias y ensanchar las franjas del mantoLas «filacterias» son unos pequeños estuches que contienen textos de la Ley, prendidos con lazos en el antebrazo o en la frente, sobre todo en el momento de la oración. Las «franjas» son unas telas cosidas al manto que llevaban algunos para demostrar su respeto a la Ley. Ambos elementos tenían un sentido religioso como signo de obediencia y fidelidad, pero los fariseos los usaban para que la gente los honrase a ellos y fueran más estimados. Podríamos decir que no les importaba lo que Dios pensara de ellos, sino lo que pensara la gente. Esto les llevaba a una gran vanidad y presunción. Por eso, cuando había un banquete, buscaban los primeros puestos o simplemente tener un puesto más honorable en la sinagoga.

La segunda parte del pasaje contiene una clara advertencia a la comunidad cristiana para que no caiga en la misma tentación, pues la hipocresía es una especie de careta que uno se pone, y el hipócrita es como un ciego que acaba por engañarse a sí mismo: así el fariseo está engañado con su fingida santidad. En la Iglesia no existe competición por títulos y puestos de honor, y el ejercicio de diferentes funciones no debe ser ocasión para introducir clases y escalafones. Al contrario, el que quiera aparecer como “mayor” debe actuar como “servidor”. La Iglesia es presentada así como una fraternidad radical en la que todos son hermanos y discípulos sin distinciones. Y lo que hace honorable a sus miembros no son los títulos, sino el ejercicio de la caridad fraterna a ejemplo de Jesús.

La coherencia entre lo que pensamos, sentimos, decimos y hacemos es un criterio de autenticidad innegable y una fuente de crédito. Los fariseos tenían muchas devociones externas. Y es que las devociones, y la liturgia y los actos de culto, pueden ser buenas si nos ayudan para ensanchar o agrandar la vida interior, y no sólo lo externo. En realidad los actos religiosos de los fariseos no eran tal, ya que no buscaban la honra de Dios, sino acrecentar su propio egoísmo. Los fariseos se pasan en querer demostrar su bondad por medio de actos externos. Alguna vez nos dice el evangelio que hasta sonaban una trompetita cuando iban a hacer una limosna. San Pablo es un buen modelo de dirección pastoral, y el texto de la segunda lectura de hoy, que refleja la entrañable relación que tenía con la comunidad de Tesalónica, es un buen ejemplo de pastor celoso y bueno, la antítesis de esa imagen tan negativa que Malaquías y Jesús denunciaban del mal ejercicio del ministerio por parte de los dirigentes de una comunidad.

En este pasaje de su carta, Pablo habla de los «esfuerzos y fatigas» que se ha tomado en su ministerio, no se ha buscado a sí mismo y no ha tenido como meta agradar a los hombres, sino a Dios. Es una relación no sólo fraternal o paterna, sino incluso materna: “los tratamos con delicadeza, como una madre cuida de sus hijos”, cumpliendo en su ministerio la enseñanza de Jesús: «El mayor de entre vosotros que se haga servidor de los demás». Es el retrato de tantos cristianos, los hemos celebrado en la Fiesta de Todos los Santos, que a lo largo de los siglos han dado sus vidas por la comunidad y sus hermanos, con una dedicación edificante y desinteresada, porque esto vale para el Papa, los obispos, los sacerdotes y los catequistas, y todos los que de alguna manera enseñan y tienen responsabilidades en la comunidad eclesial o cualquier otra persona que tiene autoridad, en una familia, o en una escuela o la política o en cualquier puesto de responsabilidad social; y es el retrato de la mayoría, aunque los malos pastores llamen más la atención.

Es una lección también para nosotros, pues hay grandes enseñanzas para todos. Primero, porque con facilidad “sentamos cátedra”. Es decir, que en nuestros diálogos o enseñanzas estamos persuadidos de que nuestra razón es lo máximo. Y casi ni escuchamos a los demás, porque creemos que siempre tenemos la razón. Esto pasa en política, en religión y en muchas otras dimensiones de la vida. Lo malo es que, por nuestro orgullo, identificamos nuestro pensar con la voluntad de Dios o con la Verdad, según los casos. Y luego, quizá no hacemos lo que decimos, no predicamos con el ejemplo. Todos, hoy también, hemos de tener cuidado con la falsedad y ser verdaderos y sinceros; hemos de luchar, por mandato de Jesús, contra la hipocresía, la mentira y el disimulo doloso en nuestra comunidad religiosa. ¿Acaso no se vive mejor y nos hace más creíbles la autenticidad, la sinceridad? Es mejor y no cuesta, ya que la mentira, la falsedad, etc., nos obliga a mentir una y otra vez; nos deshumaniza

Algunas preguntas para meditar durante la semana: Lo primero las preguntas que uno se debe hacer ante cualquier texto de la Palabra: ¿Estoy convencido de que esta Palabra me la dice el Señor hoy a mí? ¿Me veo reflejado e interpelado por ella y me la apropio como discípulo del Señor? ¿Me da sentido, orienta mi vida, la acojo, la acepto y la vivo con alegría, no dejándome llevar por los criterios de nuestra sociedad? ¿Nuestro modo de ser y estar en el mundo se corresponde con el que propone Jesús para sus discípulos?

Y otras preguntas más específicas para el pasaje de hoy: ¿Distingo entre lo bueno de la doctrina de la Iglesia y lo malo de los ejemplos de algunos de sus representantes? ¿Podríamos decir de nuestro trabajo, sin ruborizarnos, lo que Pablo se atreve a decir del suyo? ¿Son tan limpias nuestras intenciones, tan generosa nuestra entrega, tan desinteresado nuestro trabajo? ¿Trato de practicar lo que como cristiano aconsejo? ¿O podría Jesús avisar hoy a nuestros feligreses o alumnos o hijos u oyentes lo que llegó a decir de los fariseos: «haced y cumplid lo que ellos digan, pero no los imitéis»?

Para ir a las lecturas pincha en la imagen de abajo.

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