Para que el Evangelio no quede en papel mojado; que una cosa es predicar y otra dar trigo: “Mucho te quiero perrito, pero de pan poquito”.

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La parábola de este domingo, la segunda de la viña y que es exclusiva de san Mateo, nos recuerda la del hijo pródigo de Lucas: los que en un momento desobedecen al padre, se arrepienten y hacen su voluntad.  A los jefes religiosos judíos, que se creían en posesión de la verdad respecto a Dios, Jesús les cuenta una parábola para que se vean a sí mismos en ella: ellos son los que dicen “Sí” con los labios, pero después dicen “No” con la vida. Y ahora viene la pregunta: ¿Es ésta la voluntad de Dios? Esta parábola tiene en común con la del domingo pasado, en la que el dueño de la viña iba buscando viñadores a lo largo del día, que ambas recalcan la iniciativa de Dios en la relación con nosotros: son el padre y el dueño quienes llaman a los hijos en un caso, y a los viñadores en otro, para ir a trabajar en la viña, que simboliza en su momento al pueblo de Israel, y, cuando se pone en marcha el camino de la Iglesia, a toda la humanidad.

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Por eso, todas estas parábolas son interpelaciones dirigidas por Jesús, en aquel momento, a sus contemporáneos judíos, y ahora a cada uno de nosotros y a toda la Iglesia; y traducidas podría sonar así: ¿Quién hace la voluntad de Dios, el que le dice que sí con sus palabras, pero después no intenta vivir la propuesta que nos hace en el Evangelio, o quien le dice que no, y, sin embargo, busca vivir, quizás sin saberlo, su propuesta de misericordia y fraternidad? Los “católicos de toda la vida”, aquellos que “han echado los dientes en la Iglesia”, que quizás hasta tienen relieve en la vida social y religiosa, puede que nunca hayan sido cristianos. Y los “indignos”, que hasta dicen no creer, si viven en verdad y justicia, ocuparán sus puestos en el  Reino de Dios.

Mateo contrapone en su Evangelio de forma repetida la vocación de Israel como pueblo5 elegido de Dios, con su actitud ante ese Dios, con el que Israel se comprometió sucesivamente en el pasado, pero que repetidamente lo ha desoído. Mateo no hace sino presentar bajo forma de parábola con rasgos de paradoja lo que es una realidad: el amor de Dios es aceptado por todos aquellos que necesitan humanización, perdón, acogida y rehabilitación. Sin embargo, los autosuficientes que bloquean, desprecian o rechazan el regalo de Dios, se autoexcluyen del Reino. En el trasfondo del evangelio de Mateo, se trata de presentar a la Iglesia como el nuevo pueblo de Dios destinado a cumplir lo que Israel no hizo. Ahora bien, el anuncio se torna en reto: ¿es hoy la Iglesia lugar de acogida para todos los “buscadores” del Dios de Jesús? ¿Somos conscientes de nuestra responsabilidad individual?

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El relato de hoy es simple: se trata de unas preguntas de Jesús: ¿Qué os parece? ¿Quién de los dos hizo lo que quería el Padre?, que interpela los oyentes y los implica en el desarrollo del relato para que se definan con su respuesta. El primero de los hijos desobedece al padre, pero después reflexiona, se arrepiente, rectifica y va. Tuvo malas palabras, pero un buen comportamiento. En contraste, el segundo rebosa respeto y obediencia, pero luego no fue. O sea, ni una palabra mala ni una obra buena. La conducta del primero evidencia la culpabilidad del segundo. Una vez más, Jesús se dirige a aquéllos cuya conducta está representada por el hijo segundo: obedientes de palabra, no con hechos; y termina poniendo rostro a los personajes anónimos de la parábola.

El primer hijo es identificado con las prostitutas y publicanos, los marginados sociales, los moralmente indignos, los religiosamente proscritos; pero que reconocen su error y se arrepienten, y ocupan los puestos “reservados” a los segundos en el Reino de Dios. El segundo es identificado nada menos que con las autoridades religiosas y civiles: los “justos” oficiales que no se convierten cambiando sus conductas. Sus bonitas palabras quedan en pura falacia que son contradichas por sus malas obras. Y es que vivimos de apariencias, instalados con frecuencia en la mentira y la falsedad; y la prueba de ello es que determinados comportamientos hipócritas se han consagrado como normas habituales de conducta en nuestra vida social. Con frecuencia hablamos de las “buenas formas”, los “buenos modales”, las “buenas palabras”.

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Nos movemos en el mundo del “sí, pero no”. Es la constante humana del “hablar pero no cumplir”, del “mucho te quiero perrito, pero de pan poquito”; pero lo sabemos de sobra: la expresión de fe hecha con los labios ha de ser acompañada por una actitud de amor en la vida; lo contrario es vivir en la contradicción y la incoherencia. Porque ¿de qué sirve decir “creo en Dios” si no busco vivir su amor con los hermanos? Será entonces sólo 17una palabra hueca y vacía. La palabra más creíble no es la que se dice con la boca sino con la vida: porque creer en el Dios cristiano es actuar en coherencia.  En pocas palabras: que mucha gente dice creer en Dios, pero luego vive como si no existiera para él.

En una sociedad con tantas palabras y tantos mensajes contradictorios, en esta sociedad donde el mensaje cristiano ha pedido credibilidad, en parte por nuestra incoherencia, Jesús nos interpela sobre la verdad de nuestra fe: ¿En qué dios dices que crees?, ¿Cuál es el auténtico dios de tu vida? Es siguiendo a Jesús en el camino de la vida como hacemos verdad la fe que profesamos. Jesús nos ha revelado que Dios es amor, y lo 18 0ha hecho “haciéndose uno de tantos”, siendo el hombre para los demás,  teniendo un corazón compasivo, teniendo entrañas de misericordia ante toda miseria humana, desviviéndose por los otros hasta la entrega de la propia vida.

Por eso, cuando, siguiendo la invitación que nos hace san Pablo en el trozo de la carta a los Filipenses que leemos hoy en la segunda lectura, buscamos identificarnos con Jesús, con sus sentimientos, con su modo de ser y estar en el mundo, conseguimos que, incluso sin hablar y antes de pronunciar una sola palabra, nos convirtamos, como Jesús, en Evangelio, es decir, en buena noticia para aquéllos con los que convivimos. Es viviendo en sus mismos sentimientos como nos convertimos en testigos suyos, testigos del testigo fiel de Dios, y hacemos que11 nuestra vida sea, con sus muchas fragilidades y debilidades, irrupción del Reino de Dios en nuestro mundo de hoy. Es viviendo desde sus sentimientos de compasión como nos convertimos en palabra, “relatos” de Dios en nuestro mundo.

Las palabras de Jesús anunciando la prioridad en el Reino de publicanos y prostitutas, debieron sonar muy fuertes en los oídos de aquéllos que pensaban tener la exclusiva de la salvación porque eran el pueblo elegido y cumplían la Ley. Más aún, el comportamiento de Jesús con estas personas y colectivos les resultó escandaloso. ¿Cómo se permite un hombre de Dios acogerlos de forma tan amistosa? Se tendrían que peguntar.

Igual de fuertes y proféticas debieran resonar esas palabras de Jesús en nuestra conciencia cristiana y eclesial para no sentirnos nunca poseedores absolutos de la verdad y del amor de Dios. En Jesús descubrimos que lo prioritario  para Dios es siempre la misericordia. Un cristianismo y una Iglesia sin misericordia podrán hacer camino, pero no tras los pasos de Jesús. No se trata sólo de ser piadosos y cumplir con los deberes religiosos, porque así se marchita la relación con Dios, que termina siendo una relación legalista. Será una relación correcta, pero sin amor. Sólo mi disponibilidad para ayudar al prójimo me hace sensible ante Dios, y sólo el servicio al prójimo abre mis ojos a lo que Dios hace por mí y a lo mucho que me ama.

2Por último, una aportación de la primera lectura: el profeta Ezequiel llama a la responsabilidad individual, puesto que cada uno es el responsable último de sus actos, para lo bueno y para lo malo. Este paso en la teología de Ezequiel supuso un avance fundamental en el pensamiento bíblico, hasta entonces muy dado a cargar las culpas en otros eximiéndonos de nuestras responsabilidades personales. Es más cómodo culpar al demonio, a los antepasados… al otro, con tal de no sentir sobre las propias espaldas el peso de los propios errores. Pero la fe cristiana es respuesta personal a Dios que llama a la conversión por medio de las obras, y ésta es la propuesta del Evangelio en general, y en concreto del trozo que contemplamos hoy.

Para ir a las lecturas pincha en la imagen de abajo.

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