Pero a Pedro, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo.

Todos, jóvenes, adultos y mayores, hombres y mujeres, de aquí y allá, todos queremos estar protegidos, queremos un lugar cierto desde el que mirar a nuestro alrededor y sentirnos resguardados, lugares donde uno se encuentra a gusto y elige estar ahí y 8quedarse ahí. Pero poco a poco van apareciendo las cargas, los problemas, las responsabilidades y las tareas que nos empujan a preocuparnos y preguntarnos por qué nos van llevando a lugares en los que no nos sentimos a gusto, más bien estamos como fuera de lugar. Ahora que estaba gusto con mi trabajo, fijo y bien considerado en la empresa, cuando tenía un círculo de amigos con los que salir, ahora que disponía de dinero para una buena vida y vivir sin preocupaciones ni problemas para llegar a fin de mes, ahora que me encontraba tan bien de salud… ¡Ahora, precisamente ahora, tienen que soplar nuevos vientos!

La salida parece clara: si nos sentimos mal e inseguros, hay que buscar un sitio, hay que aferrarse a algo, a modo de bote salvavidas del que podamos disponer cuando todo haga9 aguas y nos hallemos en un mar de peligros: aferrarse a amigos, personas-bote; o a ideas, o a las marcas, o al el bote sonante del dinero o el poder, aferrándose al bote del que se chupa; o a la estabilidad que hemos llegado a tener en el bote. Y así, de bote en bote, creemos estar firmes y saber dónde estamos. Cuando muy al contrario, los vientos son los que arrastran la barca a donde ellos quieren llevarnos. Inútil es quejarse, pero también es inútil querer remar contra el viento o agarrarse al frágil trozo de madera que nos zarandea, temiendo siempre hundirnos y deseando la tranquilidad desaparecida en un mar constantemente surcado por vientos, ¡siempre las olas del mar!

¡Cómo no sentir miedo frente a las olas que pueden barrerte en un momento! Temor profundo ante los vientos que nos sacuden violentamente. No es lo mismo caminar por 22la tierra, que es firme, que por el agua: nos hundimos. La vida, con sus problemas, dificultades y preocupaciones es como el agua: es difícil, o casi imposible, caminar por encima de ellos sin hundirse. Y eso nos pasa muchas veces en la vida, pero Jesús nos dice que, sin embargo, podemos caminar por todos ellos, sin hundirnos, si de verdad confiamos en Dios, que, sin que sepamos cómo, nos tiene de su mano, porque Él es más fuerte y firme que todos nuestros miedos y desconfianzas.

En la primera lectura de hoy, Elías recibió la voz del Señor en el susurro de la brisa25 suave, que no era precisamente el cauce esperado por el profeta, que lo intuía en el viento huracanado, en el terremoto o en el fuego, es decir, en los grandes fenómenos de la naturaleza. También nosotros hemos buscado a Dios en los conflictos difíciles, en el cansancio y hastío, en las desgracias inesperadas, en todos esos acontecimientos vitales que parecen arrasar con todo. Cuántas veces no han salido las cosas como uno esperaba, no hemos sentido la presencia tan necesitada de Dios, pero de pronto descubres, que sin apenas percibirlo nos ha salido al encuentro. Y es que Dios, que está presente siempre, sólo se encuentra en el corazón que se abre a Él en el silencio de la búsqueda.

Así que el temblor de Elías y el de Pedro son muy humanos. Pedro, ante la fuerza del viento, sintió el miedo que impide avanzar en la vida cristiana que es aventura de entrega ilimitada hasta dar la vida. Nuestros vientos son así de violentos, porque alteran nuestras costumbres y seguridades. Todo eso nos pasa sin que podamos controlarlo (nuestra debilidad, la enfermedad, cambios imprevistos…), todo eso sobreviene inesperadamente y resulta ser inalterable, por lo que nos vemos entonces privados, atados, trastornados en contra de nuestros deseos. Como Pedro, creemos que podemos nadar a contra corriente y contra el viento, pero, desalentados, pronto sentimos que nos ahogamos: no tanto porque azoten las olas de dificultades y problemas, sino más bien porque las tememos. Pedro se hunde porque alberga más miedo que confianza.

En medio de alta mar preferimos nuestros botes salvavidas. Elías conocía la voz de Dios, y Pedro la del Maestro, pero es más segura la gruta donde refugiarse o el bote que no se hunde, son más reales, más presentes. La voz se olvida o se hace sólo un eco en el momento del miedo. Queremos agarrarnos a un lugar seguro, en el que sabernos a salvo, incluso aunque sepamos que durará tan sólo un momento. El Dios de Jesús no es el Eolo, el dios griego del viento, que sopla para conducirnos a donde él desea o para hacernos naufragar cuando él quiere; pero nuestro Dios conoce los vientos y los temores, sabe de las dificultades de la vida humana y de sus riesgos. No los levanta ni los acalla, sino que los encara y está junto a nosotros para que los arrostremos. Él anda sobre las aguas agitadas y viene en la brisa, bajo el fuerte viento, para levantar al que se ahoga y dar calma a nuestros miedos.

Frente al miedo a los vientos, Jesús no propone la seguridad del bote, sino la confianza 18 0que da la fe que vive en lo inestable. Escuchar la brisa, caminar sobre el agua, afrontar las crisis, encarar el problema, reconocer las limitaciones o no rendirse en las pruebas, son formas inestables de vivir a las que, sin embargo, Jesús nos anima. Porque Jesús se encuentra entre los vientos, en las olas altas, en las dificultades y en los riesgos. No acaba con nuestros vientos, pero frente a ellos, tranquiliza nuestros miedos gracias a la confianza en que, despeinados y creyendo que está con nosotros, no nos hundiremos.

“¡Señor, sálvame!” No atendamos a los falsos grandes salvadores, a otros vientos o 28 0fuegos, sólo al soplo del Espíritu y, siempre, con la mirada puesta en el Señor Jesús, que sale a nuestro encuentro en la tempestad, pero él siempre como suave brisa. Buscarle para escucharle en los acontecimientos de la vida exige silencio entre tanto jaleo de la vida; requiere oración de escucha atenta; y fe, mucha confianza en el camino que él nos propone que siempre recibirá muchos vientos contrarios.

Para ir a las lecturas pincha en la imagen de abajo.

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