Transfiguración: Ver y amar todo y a todos con los ojos de Dios para que se realicen según su proyecto

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Interrumpimos momentáneamente el ciclo normal de lecturas de la Palabra  de Dios que venimos contemplando en estos domingos del Tiempo Ordinario, Carta de san Pablo a los Romanos y el Evangelio según san Mateo en su lectura continuada, para celebrar hoy la fiesta de la Transfiguración del Señor con sus lecturas correspondientes y cuyo evangelio ya hemos leído en el segundo domingo de Cuaresma.

30Ayudados por la experiencia de los que nos han precedido y nos  han animado a  fundamentar nuestra fe en Cristo, cada domingo leemos la palabra de Dios, que nos ayuda a entrar en el misterio de Jesucristo desde la realidad humana de nuestra existencia, y así, por medio de la liturgia podemos celebrar nuestra fe en Cristo encarnado, muerto, resucitado y proclamado como el Señor, y  celebrar a la vez nuestro compromiso de fe. Durante todos estos domingos precedentes la catequesis de Mateo ha sido la luz que nos ha guiado, y nos ha ayudado a profundizar en el ser y el actuar del seguidor. Nos ha presentado a Jesús como la Buena Noticia de la Salvación, nos ha animado a seguirlo pidiéndonos que escuchásemos su palabra y nos convirtiéramos al Evangelio; nos ha llevado como a los primeros discípulos, a proclamarlo como Mesías. Nos ha mostrado las exigencias del seguimiento y también las dificultades y las tentaciones que podemos padecer en ello.

Pero aún no se nos ha mostrado todo. Falta la definitiva enseñanza de Jesús: el camino de31 la cruz. Camino de incomprensión por parte de sus discípulos y camino incomprendido aún todavía hoy en parte de sus discípulos. A pesar de todo eso, Jesús nos invita a la confianza: ese camino de la cruz será y es el camino de la Salvación y la Resurrección. El camino que aniquilará el último enemigo: la muerte. Es precisamente el anuncio por parte de Jesús de que tiene que padecer mucho, morir y resucitar, lo que ha acabado con las ilusiones mundanas de sus seguidores angustiados por la noticia de la muerte del que habían convertido en el centro de sus vidas.

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Por eso, ahora Jesús quiere exponerles a estos frustrados discípulos, de forma clara y evidente  su experiencia confiada  en que todo ese camino de la cruz está avalado por el mismo Dios, su misión es la misión del Padre,  y termina en esa inundación de luz y vida que presencian los apóstoles Pedro, Santiago y Juan, y cuenta con el testimonio de la Ley y los Profetas. Jesús sabe que él es el cumplimiento de las promesas hechas a Moisés y Elías. Así, en la experiencia de la Transfiguración, el Padre confirma a Jesús como el Hijo querido de Dios a quien deben escuchar y seguir. Los despistados apóstoles pueden contemplar ahora con sus propios ojos la gloria de la futura resurrección y son testigos de ello (segunda lectura de hoy). La Transfiguración arroja un rayo de luz sobre el camino que sigue el Hijo. Es como una meta volante que confirma y verifica la orientación: Cristo es quien tiene el poder y la gloria, es el Rey del universo, pues todo lo ha recibido del Padre (primera lectura del día).

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Comprendemos la espontánea reacción de los apóstoles presentes en esta escena. Una vez más, es Simón Pedro quien toma la palabra: «Señor, ¡qué hermoso es estar aquí! ». Es maravilloso comprobar que, con ver la gloria Cristo, Pedro se siente plenamente feliz: no 9echa en falta nada más. «Si quieres, haré tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». La reacción de Pedro muestra el dinamismo más auténtico del amor: él ya no piensa en su propia comodidad; él quiere retener aquella situación de profunda felicidad, procurando el bien de los otros (en este caso, interpretado de una manera muy humana: ¡unas tiendas!). Es la manifestación más clara del verdadero amor: soy feliz porque te hago feliz; soy feliz entregándome a tu felicidad. Pedro ha aprendido a amar inmediatamente  a  Moisés y a Elías (piensa en hacer una tienda también para cada uno de ellos). Pedro expresa este amor de una manera sencilla tal como  santa Teresa de Jesús expresó la lógica del amor de manera profunda: «El contento de contentar al otro excede a mi contento».

Asimismo, la Transfiguración nos recuerda que los creyentes somos imagen de Cristo y29 que esperamos su misma gloria. Sólo la gloria del Tabor puede animarnos a cargar con la cruz de cada día, y por eso Jesús lleva a nuestros ojos al Tabor siempre que nos necesita para acompañarlo en su Calvario. Lo duro del camino es más suave cuando tiene por meta lo que hemos experimentado de Resurrección. El cristiano que ora y va comprometiéndose con el misterio de Jesús, no ahorra esfuerzos para hallarse cada día más cerca de él, porque  Jesús va abriendo camino y su gloria nos pertenece.

Como consecuencia, los discípulos que han rechazado aquella enseñanza de Jesús sobre la cruz,  se encuentran ahora en una situación de triunfo. Admirados ante la nueva 28experiencia deciden quedarse al amparo de esa visión olvidando las complicaciones de la cruz. Pero  es sólo una meta volante, hay que seguir, bajar de la montaña… para transfigurar efectivamente nuestra vida, el mundo y la sociedad en que vivimos, comprometidos tras de Cristo que va camino de la Pascua. Y tendrá que ser el mismo Jesús el que les vuelva a hacer caer en la cuenta que aún deben marchar hacia Jerusalén. Poco antes Jesús les decía: “El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.”(Mt 10,38). La cruz va unida a la vida del discípulo, pero una vez más, unos discípulos han olvidado la cruz, o al menos, lo han pretendido.

La cruz significa salvación, dolor y entrega, servicio y solidaridad con las cruces del32 mundo. Queremos olvidarnos de la cruz porque preferimos vivir al abrigo de actos religiosos o en el cobijo de nuestro grupo humano, familiar o religioso, sin vivir a la intemperie de aquel que se olvida de sí mismo para recordar a los demás. La cruz nos sitúa en la perspectiva de aquel que se siente despojado de todo, de aquel que ha perdido todas las seguridades y lo único que le queda es la actitud confiada en aquel que nos salva, Jesús el Señor.

La oración es abrir los ojos del alma, para en silencio contemplar a Jesús y, en Jesús, descubrirnos a nosotros mismos en nuestra más auténtica realidad de hijos amados del  Padre Dios como él, implicados y llamados a compartir su mismo compromiso por un mundo nuevo, sabiéndonos siempre acompañados por él en todas las situaciones de 10nuestra vida. En la oración puedo ver mi propia vida transfigurada, que significa que cuando como, cuando trabajo, cuando me divierto, cuando descanso, cuando todo me va bien, pero también cuando lo paso mal, Jesús Resucitado está conmigo, está viviendo en mí todo eso que yo estoy viviendo, realizando en mí su mismo proceso pascual de muerte y resurrección. Toda la vida, todos los acontecimientos, todas las personas quedarán también transfiguradas ante nuestros ojos orantes, porque los veremos también en su proceso de camino a su resurrección. Pero esos ratos de oración, indispensables e insustituibles en nuestra vida cristiana para poder verlo todo transfigurado, es decir, con los ojos de Dios, no pueden ni deben acapararnos. Lo dicho anteriormente, ¡que hay que bajar al mundo y su realidad!

Para ir a las lecturas pincha en la imagen.   22 0

 

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