Dejadlos crecer juntos: Jesús invita a la tolerancia y a la reconciliación.

9Jesús nos sigue hablando del Reino de Dios a través de parábolas. Quiere anunciarnos que el Reino ya ha comenzado en él, y que nos encomienda a sus seguidores seguir sembrando la buena semilla del Evangelio. En el caso de hoy cuenta la parábola de la cizaña mezclada con el trigo: la Palabra de Dios, la buena semilla, está fructificando en el 23mundo gracias al esfuerzo de todo el pueblo de Dios; pero no todo es trigo limpio, hay también cizaña, porque no faltan algunos empeñados en sembrar malas hierbas. Y lo vemos en todos los ámbitos de la convivencia humana, y no sólo en la Iglesia, porque por todas partes se da la coexistencia entre el bien y el mal, y porque todos tenemos la pretensión de tener la razón y quitársela a los otros. El sentido de esta parábola viene adelantado con la primera lectura: Dios, que gobierna con gran indulgencia, siempre nos da la oportunidad de arrepentirnos. A su vez, el salmo nos invita a cantar esta clemencia y misericordia de Dios, que es lento a la cólera y rico en piedad.32

 

De lo que se trata, volviendo a la parábola de la cizaña, es de saber distinguir lo que no es del Reino de Dios en mí, en la Iglesia, y en los demás, y de aprender a  convivir con la “cizaña” que hay en el mundo, sin dejarnos llevar de ella, pues el hecho de que haya cizaña a nuestro alrededor, no nos impide seguir el mensaje de Jesús. A veces somos nosotros los que “sembramos cizaña”, pues a pesar de que Jesús ha sembrado en 26nosotros las semillas de su amor, no siempre las cuidamos y las hacemos crecer, y así, terminamos colaborando a la extensión de otros reinos que no son el de Jesús, porque nos dejamos seducir por otras semillas que crecen junto a las del Reino. Todas las semillas crecen juntas, buenas y malas, y lo malo es que no es fácil distinguir lo bueno de lo malo y podemos precipitarnos, y rechazar a quienes parecen malos y no lo son. Siempre está la tentación de dividir a la gente en “buenos” y “malos”. ¡Y vamos a por los malos! El evangelio nos previene contra nuestros juicios prematuros. Hay que aprender a vivir juntos, con los demás, y saber esperar; porque la gente da muchas sorpresas. Por eso, siempre hay mala hierba que no nos debe angustiar hasta el extremo de llegar a su eliminación prematura corriendo el riesgo de destruir a los aparentemente malos.29

Todos tenemos experiencia de habernos equivocado alguna vez juzgando precipitada y despiadadamente a los otros, y de que no siempre son malos los que así hemos juzgado. 3De ese afán angustioso de definir desde mis experiencias y gustos al que está frente a mí, y como dice el refrán: “Piensa mal y acertarás”. No es fácil convivir con alguien sin ponerle etiqueta “bueno, malo, regular”, haciendo referencia a si son o no personas como nosotros, “de los nuestros”, y creemos que nosotros somos siempre los buenos. Arrancar la cizaña, acabar con los malos, eliminar al otro, al que se opone, es la pretensión de todos los fanatismos, integrismos, fundamentalismos, y, en general, de cuantos están convencidos de estar en posesión de la verdad, sea religiosa, política, ideológica, económica, cultural… Y, como siempre, en vez de erradicar el mal, se elimina a las personas, que juzgamos como “malas”, impidiendo, si es el caso, su conversión y recuperación.

J19esús nos llama a la tolerancia. El trigo y la cizaña se parecen mucho cuando brotan y se van desarrollando. Así que hay peligro de que con la mejor intención del mundo, favorecer el desarrollo del trigo, en su caso, del Reino de Dios, puede que nos carguemos la cosecha. Así que hay que esperar, porque la verdad y el error, el bien y el mal, se encuentran muy repartidos, y sólo cuando compartimos y dialogamos podremos llegar a descubrir el error y el mal, haciendo que brillen la verdad y el bien. El bien, el mal, la verdad y el error, no definen dos tipos de personas, sino de acciones, y se dan dentro de cada uno de nosotros, que a veces somos buenos y a veces malos.

La parábola de hoy nos invita a la tolerancia, y esto exige, en primer lugar, no8 absolutizar nuestras ideas, ni entronizar nuestros prejuicios, ni creernos más o mejores que los demás, sino saber reconocer nuestras limitaciones y saber reconocer que el pecado tiene su tiempo para el arrepentimiento y el perdón. En segundo lugar, nos invita a saber apreciar el bien que hay en los otros y a valorar sus razones, sus pensamientos y sus intenciones. No se trata de entronizar el “todo da igual” y “todo es relativo”, tan de moda en nuestros días, sino que se trata de un respeto a nosotros mismo, sin creernos más de lo que somos, y de un respeto a los otros, sin menospreciar lo que son. El cristiano está invitado a ser humano, es decir, estar a la altura de su humanidad, de la dignidad recibida de Dios.

18 0Hay una frase que se atribuye a Confucio: “El mayor defecto de los hombres consiste en preocuparse por arrancar la cizaña de los campos ajenos, descuidando el cultivo de sus propios campos.”  De Miguel Servet  tenemos su precioso alegato contra la intolerancia y a favor de la libertad de pensamiento: “Todos me parecen tener parte de verdad y parte de error, pero cada cual espía el error ajeno, incapaz de ver el suyo propio. Quiera Dios en su infinita misericordia hacernos percibir nuestros errores sin obstinación”. Y también del científico y teólogo aragonés: “Si me hallas en error en un solo punto, no debes condenarme en todo, pues según eso no habría ningún mortal que no 16debiera ser quemado mil veces… Pero tal es la fragilidad humana que condenamos a los demás como impostores e impíos, pero nunca a nosotros mismos; nadie reconoce sus propios errores” (citado en R.H. Bainton, El Hereje perseguido).

La pretensión de eliminar a los malos, a los enemigos, en lugar de atajar el mal o el origen de la enemistad, es la consecuencia de creerse los mejores, los que siempre tienen razón. El otro, las más de las veces, no es igual que yo y un posible amigo, sino que es distinto, y por eso, automática y desgraciadamente, un adversario y probable enemigo. No podemos entender que los otros no son como nosotros, y no estamos dispuestos a aceptar esta diversidad. Y cuando se radicaliza ese sentimiento de recelo frente al otro, fácilmente se recurre a la violencia 28para rebajarlo hasta eliminarlo; y la violencia es el arma para defender lo indefendible, pero la violencia no resuelve los problemas. Eliminar al contrario no es vencerlo, es un asesinato. Hacer trampas para ganar en el juego, no te hace campeón sino simplemente un tramposo; y matar a un hombre para defender una doctrina no es defender una doctrina, es simplemente matar a un hombre.

Si quieres ir a las lecturas pincha en la imagen de abajo.

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