Ser tierra buena y mantener siempre la esperanza.

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El Evangelio según san Mateo ofrece todo un material catequético muy bien ordenado. Comienza con un primer bloque que agrupa las enseñanzas de Jesús (capítulos 5, 6 y 7), a continuación presenta los signos de Jesús (capítulos 8 y 9), después viene el rechazo de los fariseos y la aceptación de la gente sencilla (capítulos 11 y 12). A continuación entramos en el capítulo 13 que empezamos a leer hoy,  y seguiremos durante dos domingos más, unos textos muy conocidos del Evangelio de san Mateo: las parábolas del Reino. Son siete parábolas que explican que el Reino de Dios se hace presente en las palabras y milagros de Jesús. A través de imágenes tomadas de la vida cotidiana, Jesús nos irá conduciendo hacia realidades más elevadas. Esto son las parábolas, ni más ni menos.

6 0La clave de interpretación de la parábola de hoy será traducir “semilla” por Palabra de Dios, y “tierra” por actitud del oyente ante esa Palabra, pues la parábola lo que pretende es una representación de las diferentes posturas que podemos adoptar frente a la Palabra de Dios que van desde los que no echan ninguna cuenta hasta los que la acogen y actúan en consecuencia. El corazón humano es la tierra en la que Dios siembra su palabra; depende del estado y disposición de esta tierra el que esa Palabra dé fruto abundante. Y como siempre, las primeras lecturas tomadas del Antiguo Testamento, nos prepararán para que esta Palabra arraigue en nosotros y dé fruto abundante.

Con las parábolas Jesús intentaba hacer ver a los creyentes cómo el Reino ya estaba presente en medio de la vida, en medio de su vida. Y el Reino que Jesús anunciaba sigue23 0 siendo actual porque no pertenece al pasado sino que es contemporáneo de todas las épocas. Muchos ni terminaban de ver lo que les decía, ni terminaban de creer. Posiblemente esta falta de fe, y el consiguiente abandono del grupo de algunos discípulos, es el contexto de la parábola del sembrador. No han podido asumir ni entender el conflicto de Jesús con quienes ostentaban el poder político y religioso; sucedió entonces y sucede ahora. La propuesta de la parábola es que esa Palabra hay que oírla con mucha atención, recibirla con alegría y conservarla con calor para que cambie nuestras vidas.

La parábola del sembrador tiene tres momentos. El primero (Mt 13,3-9) lo constituye la propia parábola, que tiene su centro en la semilla que produce una cosecha desmesurada. Así, Jesús está invitando a sus seguidores a mantener la confianza en la fuerza del Reino. El segundo momento del pasaje (Mt 13, 10-17) es el intento de aclarar cuál es la función de las parábolas en general: son ocasión para manifestar la acogida o 19el rechazo a la persona de Jesús y su mensaje. En el tercer momento (Mt 13,18-23) el acento no se pone ahora en la gran cosecha final, sino en los diversos terrenos donde se siembra el mensaje; es decir, las diversas actitudes con que se acoge el anuncio del Evangelio. Con este último matiz, la parábola mantiene su invitación al ánimo para los que, anunciando el Evangelio, se encuentran con diferentes respuestas. Así, la parábola se convierte en una seria exhortación a los cristianos, para que su acogida del Evangelio no sea ahogada por las dificultades con las que se van encontrando y dé fruto.

El sembrador es Jesús, es él quien siembra en la tierra del mundo y del corazón de14 los hombres el mensaje del Reino, y la parábola es una invitación a confiar en él y en su Palabra. Él es quien siembra en nosotros el deseo por una vida mejor y más humana, tal como Dios la desea. Él nos invita y nos empuja a salir de un mundo viejo y egoísta hacia otro más fraterno y más humano; es la invitación a entrar y participar del Reino de Dios. A pesar de las dificultades, la semilla que cae en el camino o entre piedras o zarzas, al final, cuando encuentra tierra buena, la siembra siempre obtiene una buena cosecha.

Esta fuerza de vida proviene de ese “sembrador” que en toda época siembra la Palabra del Reino en el corazón de las personas. Tendemos a fijarnos más en las desgracias, a ver los males que nos aquejan, sin reparar en la inmensa corriente de vida, de entrega 22desinteresada, de amor auténtico que recorre nuestro mundo. Los medios de comunicación nos empujan a este pesimismo constantemente. Y, sin embargo, la vida está llena de hombres y mujeres que, cada día, anónimamente, se esfuerzan y luchan por una vida mejor, más fraterna y solidaria. Por eso, Jesús nos invita a sus seguidores a mirar la vida de los hombres y mujeres de hoy, más allá de las apariencias y de los prejuicios, más allá de las ideologías, descubriendo en medio de ellos, y en medio de nosotros, el Reino de Dios, que no es patrimonio de nadie, ni de los cristianos, ni de religión o ideología alguna. El Reino es la fuerza salvadora de Dios en la historia humana, para todos sus hijos e hijas. Algunos la acogen en su corazón y entran en su corriente de vida, otros no. Así que nos puede suceder que, por un lado recitemos el credo y, por otro, no seamos capaces de acoger el Reino de Dios.

Esta acogida o rechazo del Reino de Dios puede dar significado a las palabras de Jesús de “al que tiene se le dará…, pero al que no tiene, hasta lo que tiene se le quitará” como queriendo decir que los que acogen el Reino y entran en su dinámica irán descubriendo más profundamente su grandeza y su profundidad, mientras que los que no lo han acogido o sólo lo han hecho de una manera superficial, no entenderán y terminarán abandonándolo. Dicho de otro modo: quien aprende a vivir con honradez y con honestidad, descubrirá, con el paso del tiempo, la grandeza de una vida vivida así; quien hace de su vida solidaridad y servicio para los demás, descubrirá una plenitud 25interior que jamás sospechó al principio; quien se decide a seguir a Jesús y a confiar en su Palabra, descubrirá una alegría tan profunda en su corazón que ya nadie podrá quitársela. Por eso, en la parábola se habla de una gran cosecha final a pesar de las oposiciones que encuentra.

En cambio, cuando nuestra mente y nuestro corazón están embotados porque no nos vemos más que a nosotros mismos y a nuestros intereses, cuando nos hacemos incapaces de compartir porque lo consideramos una pérdida perjudicial,  cuando no sabemos ver en los otros a iguales y a hermanos,… no sabremos ver lo que es el Reino. Aunque hayamos ido a catequesis y hayamos leído muchos libros de Teología, aunque estemos bautizados y casados en la Iglesia, aunque hayamos celebrado la primera comunión, aunque seamos hermanos de varias cofradías, aunque vayamos a Misa cada domingo…. Todo esto no basta y es como aquello de  tener ojos y 26no ver, tener oídos pero no ser capaces de escuchar, porque el Reino de Dios, lo fundamental, queda fuera de los intereses vitales de la persona.

La conclusión a todo esto podría ser que Dios no nos da las cosas hechas, sino que ofrece semillas que cada uno debe cuidar hasta que florezca y dé sus frutos abundantes. Quizás no terminamos de aceptar este proyecto de Dios y nos gustaría que uno sólo tuviera que arrodillarse ante Dios y decirle “quiero esto y lo otro”, y todo eso vendría volando inmediatamente. Pero resulta que no es así, nunca ha sido así  y nunca lo será. Y para que todo esto no quede en teorías, me pregunto: ¿Percibo que Dios siembra su Palabra en mi vida? ¿Con cuál de los distintos terrenos de la parábola me identifico más? ¿Me he sentido alguna vez un “sembrador frustrado”? ¿Me anima la parábola a seguir sembrando a pesar de las dificultades?

Si quieres ir a las lecturas pincha en la imagen.       12

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