Corpus Christi: La celebración del Amor que quiere quedarse con los amados.

Si nos preguntamos qué celebramos hoy, festividad del Corpus Christi, podemos responder  en primer lugar que hoy es el DÍA DE LA EUCARISTÍA. Jesús, después de vivir un tiempo entre nosotros, y después de morir, resucita y vuelve al Padre. Pero Jesús, enganchado en el amor a la Humanidad, quiere quedarse con nosotros, y conocedor de nuestra continua indigencia, se queda como alimento. En la Última Cena, sentado con sus amigos, los convirtió en comensales y les deja un mandato: “¡Haced esto en memoria mía!”. Y desde entonces los cristianos celebramos la Eucaristía con la que saciamos nuestras ansias de eternidad.

50Así, la Eucaristía y Pentecostés son los dos acontecimientos básicos y singulares con los que Dios ha sellado la Nueva Alianza: Dios se ofrece como Padre y el hombre, a su vez, se compromete a participar de su Vida. Este “subir” del hombre hacia Dios hasta la unión con Él, se corresponde a la más antigua, atrevida y deseada aspiración de la Humanidad a través de los siglos.

¿Cómo se ha hecho posible semejante “locura”? Dios ha tomado la iniciativa y por amor 36al hombre Él se ha hecho “tocable”. Lo ha realizado gradualmente. ¿De qué manera? En primer lugar, Dios ha aceptado ponerse un Nombre, y nos lo revela para que sepamos que Él es Alguien, no es algo, con Quien podemos hablar confiadamente. Así, en el desierto Dios se presentó a Moisés como el “Yo Soy”. ¡Un nombre un poco raro para nosotros! Pero lo cierto es que éste es su nombre propio: “Dios ES” (“es SIEMPRE” y “es TODO”, plenitud de ser). En segundo lugar, Dios se hizo hombre: el Padre envía al Hijo, asumiendo nuestra naturaleza humana. ¡Éste es el gran regalo a la Humanidad: Cristo! En este gesto Dios se hace tan “tocable” que podemos tratarlo… Incluso rechazarlo, perseguirlo y ¡crucificarlo! ¡El hombre juzga a Dios!, hasta el punto que Dios da su vida por nosotros, perdona nuestras rebeldías, nos remueve con su ejemplo y nos eleva con su misericordia.

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35Finalmente, esta “loca” historia de Amor desemboca, por un lado, en el envío del Espíritu Santo a sus hijos. Y, por otro, el gran regalo: la Eucaristía. «Yo estaré con vosotros día tras día hasta el fin de este mundo» (Mt 28,20). Jesús permanece en nosotros con su Espíritu, pero también lo hace físicamente con su Cuerpo y con su Sangre, escondidos bajo las “apariencias” eucarísticas del pan y del vino. Y éste es el verdadero significado de la festividad del Corpus Christi. Jesús se queda con nosotros para acompañarnos y ser nuestro alimento. El acompañamiento es una  exigencia del amor. Todo el que ama busca la compañía del amado; y Jesús demuestra la intensidad de su amor quedándose presente en medio de nosotros: “No os dejaré huérfanos; volveré a estar con vosotros” (Jn 14,18). Pero la62 0 presencia de Jesús no es una presencia pasiva. Es una presencia activa con una dinámica de servicio: “Yo estoy con vosotros como el que sirve” (Lc 22,27). Un servicio incondicional y gratuito, que nace de la aceptación de nuestra condición humana, que Jesús no sólo ha adoptado, revistiéndola de dignidad, sino que a lo largo de su vida nos ha dado numerosas pruebas de esa aceptación incondicional. Por eso, hoy es también el DÍA DE LA CARIDAD, el DÍA DEL AMOR AUTÉNTICO.

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¡No es algo improvisado! Viene de lejos: la entrega de Dios en la Eucaristía estaba ya anunciada y prefigurada en el Antiguo Testamento. Aquel “maná”, aquel pan que milagrosamente bajaba del cielo cada madrugada para alimentar a los judíos en la travesía del desierto era un anticipo de la Eucaristía. También lo fueron las multiplicaciones de panes y de peces que realizó Jesucristo para saciar el hambre de la gente que lo escuchaba. Con razón Jesús se presentó diciendo que “Yo soy el pan vivo bajado del cielo” (Jn 6,51). Realmente está vivo y, lo más increíble,  “se hace” Pan para alimentarnos de su vida, una vida que fue “sacrificada” durante la Pasión. «Tomad y comed todos de él, porque esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros!  (cf. Mt 26,26; Lc 22,19). El Jesús-Eucaristía se hace presente cada vez que en la celebración pronunciamos esas “palabras de dolor”: Cuerpo “entregado”; Sangre “derramada”. De la Pasión de Jesús, de su Muerte y Resurrección, nos llegan la compañía del Espíritu Santo y el alimento/compañía del Cuerpo de Cristo.

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En el don de la Eucaristía se esconde la vida de Dios y se ofrece nuestra salvación.  Ahí Dios se nos entrega con máxima discreción y, a la vez, con máxima disponibilidad.  Así es el Amor: discreto y servicial.  Parece que no está, pero sí está. Con este “método”, en Jesucristo se cumplía el anuncio de que un descendiente de David, un nuevo Rey,  iba a consolidar para siempre y en todo lugar el Reino de Dios. ¡Un Rey que no hace ruido, pero es eficaz!  En las  procesiones del Corpus Christi nuestro pacífico y humilde  Rey se pasea por incontables calles de nuestro mundo. ¿Qué más podía hacer Dios por nosotros?  Un amor “así de grande” bien merece celebrarlo, y por eso, los cristianos nos lanzamos a la calle en una procesión que es manifestación de amor y lo proclamamos gritándolo a los cuatro vientos.

Y de tanto amor universal y gratuito que hemos conocido del ser divino, brota como de su fuente tres actitudes que han de estar necesariamente presentes en la vida del cristiano que quiera conseguir un mundo nuevo y una sociedad nueva en los que reine la solidaridad, la fraternidad, la verdad…, en definitiva, los valores del Reino: la aceptación en la diferencia, el acompañamiento respetuoso y el servicio desinteresado, tres actitudes que implican el rechazo de la injusticia, el talante solidario y la receptividad hacia el diferente. Así, la Iglesia puede y debe colaborar, junto a los demás sectores sociales, en la construcción de la sociedad en la que nos toca vivir. Una sociedad en la que todos somos generosamente aceptados, nunca excluidos.

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La celebración de esta locura de Dios en la festividad del Corpus nos vuelve a recordar que la vida del cristiano es un proceso de conversión al amor, que ha de ser serio y comprometido, que debe incluir un espacio de formación continuada y que necesita realizarse en comunidad, buscando la liberación y promoción  del otro y no la mera satisfacción personal. Porque el amor auténtico siempre se desborda: el amor de Dios derramado en nuestros corazones hace que nosotros seamos vehículos de ese Amor. Si Dios nos ama, nosotros le devolvemos amor amando a todos sus hijos, convirtiendo en un único mandamiento el de “amar a Dios y al prójimo”.37

 

 

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