El camino de Abrahán, el camino de Jesús y nuestro camino ¿De dónde vienen, a dónde conducen?

La primera lectura de hoy nos cuenta la vocación de Abrahán, el punto de partida de su camino vital, y es Dios el principio, el que llama y toma la iniciativa. Le ordena ponerse en marcha, salir de su tierra, dejarlo todo y fiarse de la propuesta de Dios que le promete la meta: descendencia y tierra. El camino no está trazado, hay que hacerlo día a día, andando con esfuerzo, en un acto de confianza que Abrahán hace porque tiene experiencia de encuentro con el Señor que lo anima a seguir adelante en ese arduo camino.

10Y como siempre en este segundo domingo de Cuaresma, leemos el relato de la Transfiguración del Señor, suceso que acontece de camino a Jerusalén, después del primer anuncio a los discípulos de su pasión y de la instrucción a sus discípulos sobre las condiciones de su seguimiento: “si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y me siga… Quien pierda su vida por mí la salvará.” Todo esto ha provocado en los discípulos el derrumbamiento de las esperanzas que habían puesto en Jesús como el Mesías triunfante que libraría a su pueblo del poder y yugo romano. Era un momento de crisis, y Jesús se lleva a Pedro, Juan y Santiago a lo alto de una montaña para orar. Jesús recurre a la oración para expresar su comunión constante con el Padre, porque la oración es el clima habitual del que se sabe hijo de Dios, y esa actitud debe intensificarse en los momentos de crisis para reafirmarnos en nuestra propia identidad de creyentes. En ese contacto personal con Dios sobreviene su transformación que muestra la gloria de su divinidad y presagia la luz de su resurrección.

Es evidente que este acontecimiento supone un estímulo en esos desilusionados discípulos 23que terminan la experiencia animados por ese aval del Padre a los planes de Jesús que tanto los había hundido. Para el mismo Jesús supone que la oración, el encuentro con su Padre, es lo que le va haciendo descubrir su camino y crecer en su decisión de vivir la voluntad de Dios. La Transfiguración es un vivir por adelantado que el camino de Jesús termina en triunfo. Ahora pueden continuar ese camino a Jerusalén con un nuevo talante: aunque no terminen de entender el porqué de la cruz y el sufrimiento, han entendido que el camino de Jesús proviene de Dios, y a él se dirige como meta.  Pero, ¿qué implicaciones tiene hoy este acontecimiento para nuestra vida de fe?

27Solemos decir que la vida es un camino; y lo importante de un camino es su principio, de dónde viene, y su término, a dónde conduce. Sin embargo, con demasiada frecuencia, dejamos de lado estos aspectos fundamentales y nos preocupamos sólo por lo que es relativamente accesorio: nos interesa construir autopistas con buen pavimento que faciliten la marcha, y si se puede ir en coche mejor que a pie. Pero prescindimos de su destino y no nos interesa tanto adónde va. ¿Y si esas geniales autopistas que nos proporcionan tanta seguridad y rapidez no nos conducen a un destino adecuado? Nos vamos acostumbrando a que otros decidan por nosotros y nos dejamos llevar de las indicaciones que facilitan el camino: señales de tráfico, vallas y reclamos publicitarios, de las modas, de lo que se lleva, de lo que todo el mundo hace.

Nos resistimos a encararnos con la realidad de nuestro destino, de lo que de verdad nos 22conviene,  y  así, con relativa frecuencia, olvidamos lo importante, los valores, la justicia, la solidaridad, la fraternidad. No nos interesa la calidad de vida, la meta, sino la cantidad de cosas que necesitamos y apetecemos para el camino. Lo normal es elegir caminos de rosas, ventajas sociales, sin pensar que así, tal vez, sembramos de espinas el camino de otros muchos. Preferimos seguir nuestra marcha, sin mirar al lado, sin pensar en los demás, sin reparar en los que van quedando en la cuneta, marginados, excluidos, abandonados y acaso pisoteados. Se nos olvida que la meta del Padre implica llegar con los hermanos.

8Por eso la vida resulta muchas veces difícil, cuesta arriba. Nos empeñamos en caminar solos, y así no podemos con todo. Queremos ir a nuestro aire, al abrigo de nuestros intereses, y tropezamos con los de los demás. Recelamos de los que caminan a nuestro lado, los juzgamos competidores, los prejuzgamos rivales, los esquivamos como enemigos, y así nos privamos del apoyo del otro, de todos los otros. No caemos en la cuenta de que solos no podemos dar un paso. Necesitamos del otro, de todos los otros. Todos somos necesarios, todos nos necesitamos. Sólo en familia, toda la familia humana, podemos afrontar la cuesta arriba de la vida.

El camino de Jesús a Jerusalén,  la ciudad que mata a los profetas, tiene su origen en Dios, 9pero Mateo subraya, sobre todo, el término: la voluntad del Padre. Por eso sube con decisión y resolución para consumar su amor mayor, que es dar la vida; y a eso va. Pero el que da la vida no la pierde, sino que la gana. Por eso, la meta no es la muerte, sino la vida, no es la cruz, sino la luz. La transfiguración ilumina y da sentido al camino cristiano. No hay vida cristiana si no hay momentos de parar en intimidad con el Señor para recuperar la experiencia de saber que es él el que nos ha llamado por amor  y el que nos propone la meta de gloria, y que el camino no es otro que el de tomar la cruz y aceptar la compañía de los otros. Los que hemos decidido seguir a Jesús, como él mismo nos advirtió, debemos cargar con la cruz y seguirlo, pero no podemos olvidar que él va delante y nos marca el camino hacia el final, hasta dar la vida por los hermanos. Y para recobrarla con el ciento por uno en la casa del Padre. Es el camino de hacer el bien, de contar con los otros, de superar individualismos y egoísmos, de desvivirnos por los hermanos como Jesús.17

El Tabor es la cumbre de la experiencia religiosa; por eso es también un punto de partida, no un lugar para quedarse. Lo que pasa es que después de la experiencia de la transfiguración, ese camino de cruz se hace más fácil, cuesta abajo. Nuestra vida de fe necesita de la experiencia de Dios, de la experiencia religiosa, para eliminar temores, para cobrar ánimo y fuerza para seguir adelante. Aunque nos sintamos solos a veces, Jesús va con nosotros, dándonos ánimos, y su comunidad es nuestra mejor garantía, nuestra seguridad y apoyo.

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En medio de la gloria deslumbrante de la transfiguración, donde se deja entrever la divinidad de Jesús, Pedro se siente tan a gusto que quiere perpetuar el momento. Jesús invita a bajar de las nubes. Hay que seguir el camino hasta el final. Es necesario un alto en el camino para recobrar el ánimo. Pero hay que seguir el camino, aunque se haga cuesta arriba, para llegar a la meta. Y nuestra meta no es rezar, sino hacer la voluntad del Padre y trabajar por el reino de justicia y de paz.

Para ir a las lecturas pincha abajo.

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